3 feb. 2009

El país de los libros prestados


Los amigos de Relectura me ha invitado a dar testimonio, confesar o bien exigir, los libros que he prestado y jamás me han devuelto. Por supuesto, pensé de imediato en los que yo nunca devolví, bien sea por fuerza mayor (cataclismos, fatiga extrema) o por alguna otra justificación muy difícil de explicar. En fin, copio en este post mi humilde experiencia en estos tópicos y si pinchan acá pueden leer las experiencias de otros escritores invitados.


Pedir prestado es hacer patria. Pero, como en toda economía formal o informal, ocurren fraudes. Un día le presté a S. mi querida edición de La interpretación de los sueños. Al cabo de ocho meses me devolvió el libro completamente subrayado, con marcador amarillo fluorescente en las ideas principales y fucsia las secundarias. ¡Un carnaval aquel Freud! Ustedes me dirán: ¡pero te lo devolvió! Y sí, me lo devolvió, pero no sé si fue a consecuencia de éste u otro trauma, pero a partir de entonces cuestioné el psicoanálisis, lo fustigué con ardor.

Otro día salí de casa con Fragmentos a su Imán, el libro póstumo de Lezama Lima. Se lo iba a prestar a Z. Quedamos en un bar de Sabana Grande y allí comenzamos a beber. Pero bebimos tanto y tan seguido, que al despedirnos yo me olvidé de prestarle el libro y él se olvidó de pedírmelo. De vuelta a casa, beodo y parlanchín, lo dejé abandonado en el taxi. ¡Ah, las historias literarias que atesoran los taxis!

Y es que si hablamos de préstamos hay que hablar de abandonos. Hace años, cuando mi madre pudo recuperar una casita que tenía alquilada, me encontré tirado en el piso, junto a un montón de basura, las Obras Completas de Shakespeare. Los arteros inquilinos se habían llevado las pocetas, los grifos, las lámparas, los enchufes, todo, pero habían dejado a Shakespeare. Recogí al damnificado de entre los escombros. Lo rocié con Baygón para liquidar las termitas.

Un día le presté a M. mi destartalada edición de Historias de cronopios y de famas. ¡Ese sí fue un gran día! M. tardó como dos años en devolverlo, pero cuando lo hizo, el libro llegó a mis manos irreconocible: encuadernado en cuero con lomo repujado, y en la tapa se leía el título en suntuosas letras doradas. Jamás volví a encontrar tanta generosidad en el género humano.

Mi amigo, el poeta Leonardo Luzón, tenía una estupenda biblioteca. Pero la suya era bastante excéntrica: cada libro estaba guardado dentro de una bolsita de plástico transparente. Como es de suponer, era particularmente quisquilloso para prestar libros, pero cuando lo hacía, el préstamo incluía la bolsita. ¡Ah, Leonardo, adorable fetichista!

Pero la historia más siniestra pertenece a B., que robaba libros de las bibliotecas municipales. Yo solía ir a su casa a leer, y un día me di cuenta de que muchos de sus libros tenían sellos de bibliotecas municipales. Poco a poco desarrollé una estrategia que me permitió sustraer esos libros sin que B. se diera cuenta. Es decir, comencé a pedírselos prestado. Y le pedí tantos libros prestados, que al cabo de un tiempo me hice de mi propia biblioteca de libros de bibliotecas municipales. Me sentía un Robin Hood de los libros. Un ladrón que roba ladrón… y todas esas idioteces. Esta ha sido la única forma de heroísmo que he experimentado.

12 ene. 2009

1930


Hace varios años, cuando vivía en Madrid, me dio por ir tras la pista de José Antonio Ramos Sucre en Europa, sin duda la etapa más oscura y enigmática en la vida del poeta. Sin yo ser una especialista (ni en Ramos Sucre ni en nada parecido o desaparecido) tuve la disparatada idea de despejar las huellas mejor borradas de nuestro poeta cumanés, y lo primero que se me ocurrió fue escribir al Troppeninstitut de Hamburgo:

Hola, soy profesor del Colegio de Altos Estudios de Cultura y Literatura Venezolanas (mentí), dedicado a la vida y obra del poeta J.A.R.S (mentí otra vez), quien estuvo internado en esa institución en 1930. Cualquier información, por mínima que esta sea, me será de enorme utilidad. Gracias.

Me respondió la jefa del servicio de comunicaciones del Troppeninstitut con una puntualidad germana. Pero sus noticias eran desalentadoras: los archivos del instituto correspondientes a 1930 habían desaparecido en un incendio tras el bombardeo que destruyó buena parte del edificio (y de la ciudad) en 1943.

Tras este tropiezo, intenté ponerme en contacto con alguna persona en Merano (norte de Italia, provincia de Bolzano), el lugar donde Ramos Sucre fue a respirar los aires salutíferos de la montaña, por recomendación expresa de los doctores de Hamburgo. Di con las señas del cronista de aquella ciudad bilingüe (límite entre Italia y Austria), y me presenté como un “Doctor en Lenguas Romances, encargado del área de investigación histórica y literaria de la Universidad Pontificia de Caracas, y líder del proyecto de reconstrucción de la memoria de los poetas latinoamericanos, capítulo Venezuela”.

El cronista (cuyo nombre lamentablemente no recuerdo, pero a quien podemos llamar Enrico, el buen Enrico) se tomó el tiempo, el trabajo, la paciencia y el entusiasmo de rastrear algún vestigio de nuestro bardo cumanés en aquel bucólico pueblito.

¡Albricias! Al cabo de dos semanas llegaron a mi buzón de correo, escaneados, un mapa antiguo de Merano, dos fotos de la época del sanatorio donde Ramos Sucre estuvo internado, la cartilla de médicos que atendía por aquella época, y una lista de los tratamientos que dispensaban a los pacientes que pasaron por allí en 1930. De este último documento se podía inferir qué tipo de tratamiento había recibido el malhadado José Antonio.

No es difícil imaginar que nuestro poeta sufría una depresión extrema, aunque esto nunca se dijo, y yo no soy quién para afirmarlo. Pero pienso que si le hubieran diagnosticado algo parecido a eso, habría recibido una paliza de electroshock, tan común para la época. Por suerte los egregios médicos alemanes equivocaron el diagnóstico, y no fue necesario semejante animalada.

Con todos esos documentos en mis manos, y junto a otros que Enrico prometía enviarme a la brevedad pero que nunca envió, fantaseé con la literaria idea de un Ramos Sucre paciente de Freud, o de Jung, y herví mi cabeza pensando en escribir algo, una especie de La montaña mágica (montañita, más bien) donde el poeta, cual Hans Castorp, echado en las tumbonas del sanatorio (el de Merano, por las fotos, era un verdadero spa de lujo, muy parecido al de la novela de Mann) dialogara con otros enfermos, y sobre todo dijera cosas tan increíbles como las que decía en sus poemas.

Sin embargo, el asunto del género me atormentaba: ¿qué iba escribir? ¿una novela? ¿un cuento? ¿acaso una docu-ficción? (¿existe algo llamado así?) En algún momento tuve la ilusión de tener en mis manos una primicia (eso pensaba en mi tonta cabeza), un tubazo, como dicen los periodistas, y por lo tanto lo más indicado hubiera sido realizar un extenso reportaje que pudiera vender a diversos medios (en aquella época necesitaba vender hasta mis calcetines).

Recuerdo que una vez estuve a punto de pasarme por Merano, incluso cuadré una reunión con Enrico, quien me ofreció alojamiento en su casa. Pero al final no se qué diablos pasó, no tuve tiempo ni dinero, quizás tampoco ganas, y nunca conocí Merano. Y como la realidad suele tener la forma de una inmensa muralla (y muchas veces la de un abismo) no hice absolutamente nada, dejé el tiempo pasar y no escribí ni una línea. Además, a los pocos meses me separé, y tras mi salida de Madrid esos documentos quedaron en un limbo, completamente inaccesibles.

Ahora no tengo nada. Ni fotos escaneadas, ni docu-ficción, ni reportaje. Nada. Ni siquiera el e-mail de Enrico. Sólo me quedan estas desbaratadas anécdotas que, como mucho (aunque no es poco) servirán para tomarme unas birras con mi amigo Rubi Guerra, narrador de raza para quien no fueron necesarias ni fotos escaneadas, ni cartillas médicas, ni remotos tratamientos italianos para escribir su premiada novela La tarea del testigo.


* La tarea del testigo fue Premio de Novela Rufino Blanco Fombona. Se puede leer la reseña (también premiada) de Carolina Lozada acá.

11 ene. 2009

Cinco libros


Dice Eduard Berti en su estupendo blog BERTIGO:

Estoy pidiéndole a diversos escritores y artistas que recomienden cinco libros de ficción a los lectores de este blog y por qué no, de paso, al autor del mismo. No se trata, para nada, de un ránking ni mucho menos de una lista canónica. Se trata, más bien, de cinco libros que repentinamente ellos quieran proponer y compartir con los demás.

Mis cinco libros acá.

9 dic. 2008

Interviú


En nuestro país los premios son vistos con sospecha. ¿A qué creas que se deba esto?

En todas partes ocurre. Además, sospechar es una virtud con la que nacemos en Latinoamérica. Por otra parte, mira todo el malestar (o sospechas) que ha generado Le Clézio después de serle concedido el Nóbel. Precisamente ese premio es el termómetro de los otros. Es decir, la gente hace sus quinielas, opina, desea, postula, inventa, celebra, sospecha… Los premios literarios se han convertido en una pasión deportiva. Pero en fin, y como decía Bioy: “mejor ser premiado que castigado”.

Para leer la entrevista completa pincha acá.

24 nov. 2008

Piojos literarios


Flaubert decía que las erratas eran los piojos de las palabras. Y sí, hay piojos, garrapatas, caníbales, bichos de todo tipo. Yo creo que hace falta despiojizar lo que uno escribe (y también lo que uno lee), pero sospecho de quienes, a la manera flaubertiana, gastan sus días en pulir y dejar limpiecito todo lo que pasa por sus ojos, como si se tratase de un jarrón de porcelana o la sala de una terapia intensiva. Corregir y corregir y corregir. A veces esto me suena a aquel lema de la Guardia Nacional de Venezuela: “Trabajo, trabajo y más trabajo”, y por tanto veo allí un cierto tufillo martirizante y ortopédico, o una excesiva confianza en lo poderes operacionales de la faena. De hecho casi siempre una corrección es una orto-terapia, la aplicación de ciertos dispositivos para que lo que escribimos no nazca ni crezca torcido, o luzca mejor, o sea menos mediocre. Visto así, se trata de una tarea preñada de buenas intenciones. Y por tanto una operación de cirugía reconstructiva, aunque a veces caigamos en el error de aplicar la cirugía estética. Nos ocurre lo mismo con la lectura: si leemos varias veces un mismo libro, comenzaremos a jugar al juego de las sustituciones abusivas y a proponer, en silencio, cambios aquí y allá, como si haciendo eso fuéramos mejores lectores o por lo menos más listos. Y esto de hacerse el listo es algo muy común en la reescritura. Nos hacemos los listos con nosotros mismos y creemos que un momento después (al día siguiente, a la semana, lo que sea) seremos mejores que antes, y podremos hacer mejor las cosas. Es decir, prevalece la ingenua idea de cierto progreso de cubículo, y esto lo anudamos a un sentido cronológico, como si se tratase de una evolución darwiniana o un entrenamiento olímpico. Mañana lo haré mejor que hoy. ¿A cuenta de qué este optimismo? Bien podría ser al revés, ¿o no? En lo particular toda idea de futuro la encuentro más bien errática. Mañana siempre es una pregunta, pero con frecuencia es una decepción. Y convengamos que mañana uno no será mejor ni peor, sino distinto, leve o drásticamente distinto, según los acontecimientos que nos toquen. Y a ese otro yo distinto, que lee o escribe al día siguiente, le atribuimos una sabiduría superior que al que se le ocurrió la primera y torpe idea. “Un borrador”, lo llamamos con displicencia, cuando la verdad es que el dichoso “borrador” suele ser el punto de salida y de llegada de todo. El bruto y torpe Todo. En tiempos en que el minimalismo aún invade nuestras retinas, la limpieza y la higiene secuestraron el buen gusto. Debemos cuidarnos de esta estética Bonsái-Feng Shui, que quizás sea el camino de un prístino nirvana pero no el de la literatura, ni de sus emociones tantas veces sucias. Los hay flaubertianos, que creen a pie juntillas en las virtudes salutíferas de la corrección, incluso de la orgiástica corrección perpetua, y los hay deslavazados, inspirados y negligentes que creen en la supersticiosa ética de la espontaneidad, que es como el mal de Chagas de la literatura. Por supuesto, tampoco abogo por un punto medio (aborrezco los puntos medios) pero habría que buscar una fórmula lo suficientemente justa que nos permita despiojizar lo que hacemos sin necesidad de desinfectar el territorio.

Propongo este lema: "Corregir, corregir, corregir, pero sin la menor esperanza".

15 nov. 2008

Papas


Hace calor. Mucho calor. Yo diría que demasiado calor ¿Existirá una temperatura adecuada para escribir? Ahora, en este mismo instante, siento que todo se empegosta, se achicharra, se estruja. La vida misma se convierte en una plancha caliente de zinc (¿podría ser otra cosa?) Y mis pensamientos son una nubecilla viscosa que se mezcla en la vibración de la tarde junto con los mosquitos que ya comienzan a llegar. Además, uno escribe con el cuerpo, solía decir Alfredo Silva Estrada, secundado por su esposa la bailarina Sonia Sanoja. Y el cuerpo, este cuerpo, más específicamente estas atribuladas posaderas, estos sobacos orgullosos, este cuello doblegado, en fin, todo esto, está ahora acoplado a una silla, con los poros dramáticamente abiertos, frente a una mesa, mirando una pantalla.

Por alguna razón que no puedo explicarme nos han vendido (y hemos comprado) la idea de un escritor metido en un cuartucho, un ático sofocante, una Chambre de bonne. Un tipo medio sucio, medio loco, abstraído del mundo, concentrado en sus letras y por supuesto pasando hambre pero sobre todo pasando frío (afuera, tras el cristal de su ventanuco se ven caer los blancos copos, una cortina de copos que parece reforzar el blanco más blanco de su página en blanco… en fin). La imagen no es del todo desacertada, pero tampoco suficiente. Alguien, no sé quién o quiénes, ha querido convencernos de que el invierno, el crudo invierno, es la época del recogimiento y de la exploración de nuestro mundo interior. Podemos estar de acuerdo con lo del recogimiento, pero no en cuanto a lo del mundo interior. Yo estoy seguro de que uno accede más y mejor al mundo interior propio cuando tiene el cuerpo bañado en sudor y no mientras tirita de frío.

Todo esto lo comento debido a que, desde hace algunos años, he descubierto que los cambios climáticos afectan mis proyectos. No fue fácil llegar a esta conclusión, pues no me dedico ni a la agricultura ni a la jardinería, aunque a veces lo parezca, ojo. De modo que tras largos años de inconciencia individual, de vida irrazonable, de espejo empañado, he podido darme cuenta de esto: en invierno leo, en verano escribo.

Aunque habría que matizar: en invierno leo acostado y en verano leo sentado. En invierno escribo artículos, en verano escribo otras cosas. Como ven, todavía no lo tengo muy claro, pero ahí vamos, trabajando en eso. De lo que sí estoy convencido es de lo siguiente: el sudor está íntimamente ligado a esta descabellada tarea de acumulación y selección de fantasmas. Se equivocan aquellos que piensan que, por uno estar sentado todo el día, no suda ni una gota. El vulgo, siempre el maldito vulgo, lo ve a uno frente a la pantalla y cree que uno está contemplando ángeles o mirando el viento pasar. Pues no. Ya lo djo el poeta: “sin sudor no hay rima”. Y el narrador: “sin violín no hay orquesta”.

Ayer, cuando fui a la verdulería y compré papas, advertí que de la piel de las papas nacían diminutas raicillas. Pero las papas no estaban podridas. Después de palparlas me di cuenta de que estaban firmes, saludables y apetitosas. El verdulero, al verme toqueteándolas, me dijo: “sólo se han brotado por el calor”. Y bueno, que así sea, pensé cuando llegué a casa y me senté de nuevo a tabajar. Que brote --sabiduría de verdulero-- algo en este sofocante verano anticipado, que algo venga aparejado (y no podrido) a este bochornoso calor porteño. Así sea la sucia y misericordiosa raíz de una papa andina; o una pelusita, un poco de espuma, un diminuto simulacro en forma de palabras, no sé, algo que justifique estos interminables días que se empegostan, se achicharran y se estrujan.

13 nov. 2008

Agradecimientos


Hago un alto en este blog para agradecer públicamente a los organizadores de la Bienal de novela Adriano González León 2008. Estos son: el Pen Club de Venezuela (muy especialmente a Edda Armas), el grupo de empresas Econoinvest (Herman Sifontes) y a la Editorial Norma (César García, Vladimir Mujica, Elsa Rivas) Los primeros, por llevar a cabo la organización de todo, los segundos por el patrocinio, y a Norma por el compromiso en editar mi novela.

Por supuesto quiero agradecer de manera muy especial al jurado calificador conformado por Michaelle Ascensio, Oscar Collazos, Ariel Magnus, Rafael Castillo Zapata y Alberto Barrera Tyszka, por confiar en Bajo tierra y contribuir para que la novela se haya llevado el premio.

Pero la lista de agradecimientos debería comenzar por Pía Bouzas, escritora, esposa, cómplice, que fue la primera en leer el manuscrito y hacer observaciones, como siempre, fundamentales. También a mi hermana Sonia, quien leyó el manuscrito acá en Buenos Aires y cuya lectura fue tremendamente estimulante. Y por último al poeta, profesor y amigo Niall Binns quien, con su habitual antena detectora de fallas, erratas y aciertos (cuando los hay), consiguió limpiar bastante la novela y hacer excelentes sugerencias.

Además debo agradecer a Antonio López Ortega y Gustavo Guerrero. Al primero por sus cálidas palabras de apoyo, por su confianza en mi trabajo; y al segundo por la reciente lectura de Bajo tierra, por su acompañamiento y sus utilísimos comentarios.

No puedo dejar de mencionar a mi hermano Carlos, quien se tomó el trabajo de imprimir las cinco copias de la novela (más de mil páginas), encuadernarlas y llevarlas personalmente a la dirección que las bases del concurso indicaban. Sin él, esta historia sería otra. Y al resto de mi familia, mi madre y mis hermanos, que siempre está ahí apoyando, haciendo barra, y a veces haciendo la ola.

Por último debo decir que Bajo tierra es, entre otras cosas, una búsqueda simbólica del padre. Y esta búsqueda no hubiese sido posible de yo no haber vivido la experiencia de la paternidad.

A mi hijo Manuel va dedicada la novela y espero que, cuando pueda y quiera leerla, le guste.

Gracias a todos.


*En la foto, Adriano González León.

19 oct. 2008

Un paisaje franciscano


Para escribir no hacen falta muchos libros, ¿o sí?

El otro día estuvo un amigo por casa y al entrar a mi estudio me dijo:

-¡Ah, pero no tienes tantos libros!

Estaba sorprendido de que mis libros apenas llenasen la biblioteca que ocupa la esquina al lado de la ventana. Es una biblioteca bastante modesta pero alta, hecha con ménsulas metálicas y anaqueles de madera aglomerada que me tomó dos días instalar. Al escuchar a mi amigo, volví la mirada hacia mi stock libresco y dije:

-Todavía tengo libros en Madrid, en cajas, y en Caracas hay un montón.

Lo cual es cierto, pero me di cuenta que estaba tratando de justificar el hecho de que no tuviese muchos libros conmigo. Me avergoncé, ahora veo, de ser un escritor con pocos libros en su biblioteca.

Antes tenía muchos más, y creo que el dramático descenso de inventario responde a:

1) Los viajes, las mudanzas, los desplazamientos que atentan contra la acumulación de libros y de cualquier otra cosa. 2) Me he vuelto más selectivo a la hora de comprar libros. 3) Voy con bastante frecuencia a la biblioteca. 4) Cometo el delito de prestar libros, y para colmo soy reincidente. 5) Cada vez leo más en pantalla. 6) Suelo repetir aquella boutade del gran Samuel Johnson -¿o fue Pope, o fue Schopenhauer?-- “si mucho lees poco escribes”.

Antes de los treinta años yo soñaba con un hogar repleto de libros. Cuando me imaginaba una casa propia, sólo podía ver en sus paredes libros por todas partes, libros del suelo el techo. Pero los treinta me sorprendieron con sucesivos traslados, cambios de domicilio y trashumancia frenética, de modo que ni hubo casa propia por aquella época ni compré muchos libros (la plata me la gasté en pasajes aéreos).

A parte de esto, me he dado cuenta de otra cosa: he ido perdiendo el fetichismo por el libro. Quiero decir, antes los trataba como si fuesen piezas de museo y me horrorizaba verlos subrayados, con las páginas dobladas, o con un taza de café encima. Y cuando los subrayaba lo hacía con trazo fino, preferiblemente de lápiz, con la esperanza de que no quedaran huellas, de que llegaran, nuevamente limpios, al más allá.

Pero ahora los trato sin ninguna clemencia, los rayo con trazo grueso de bolígrafo, de creyón, de marcador, de lo que tenga a mano. A veces utilizo sus páginas como libreta improvisada y anoto estupideces, teléfonos, direcciones, listas de compra o efectúo temblorosas cuentas matemáticas. Suelo dejarlos abiertos boca abajo, con las páginas aplastadas, y muchos han sufrido las consecuencias de algún derramamiento doméstico. Cuando los tengo en mis manos, sobre todo mientras los leo, me invade la manía de probar su flexibilidad, entonces los abro en espagat, interrogo sus tendones brutalmente, quizás con la esperanza de que, si son fuertes, puedan acompañarme para toda la vida.

A pesar de este trato salvaje y de su aparente escasez en mi biblioteca, los libros no me han abandonado, ni yo a ellos. Todo lo contrario. Con el tiempo han ido invadiendo más y más espacio, no en mi casa, sino en mi cabeza, en mis delirios, en mis charlas, en mis sueños. Hasta podría decir que no sé cómo sacármelos de encima, pues han usurpado buena parte de algo que no sabría explicar, y se han convertido en dueños y tiranos de mi vida migrante. De manera que al tratarlos así, con brusquedad, como se tratan los amigos de la infancia, es decir, sin ningún ánimo de coleccionista (nunca sufrí desvanecimientos por tener entre mis manos primeras ediciones o incunables) los he sentido más cerca de mí, de lo que soy, de lo que irrecuperablemente soy.

Por último pienso en dos casos: Ramón Gómez de la Serna y sus cinco mesas de trabajo, donde escribía simultáneamente cinco libros, siempre rodeado de múltiples objetos, volúmenes, revistas, montones de cachivaches comprados en los mercadillos. Pero también pienso, en el extremo opuesto, en Camus, cuyo lugar ideal era un sitio vacío del todo, sin muebles, sin bibliotecas, sin adornos, sin libros. Un lugar muy parecido a su humilde hogar de infancia en Argelia, un erial doméstico donde poder sembrar algo. Sólo una mesa y una silla, un cuaderno y un bolígrafo. Este paisaje franciscano era todo lo que necesitaba.

10 oct. 2008

El escritor fantasma


Prefiero la traducción literal del inglés Ghost Writer=escritor fantasma, y no esa que acuñaron los españoles de "escritor negro" o "negro", a secas, demasiado funeraria y franquista para mi gusto, medio gore, y que en nada se alía con la
luminosidad del oficio.

De modo que hablemos de escritor fantasma en vez de escritor negro, y para empezar digamos:

1.-Todo lo que está por comentarse no tiene nada que ver con ese libro del señor Sábato, El escritor y sus fantasmas.

2.-Los escritores fantasmas no asustan.

3.-Los escritores fantasmas no andan con sábanas blancas encima.

Lo digo porque un día, cuando le comenté a una amiga que estaba trabajando como escritor fantasma, me dijo: "Gustavo, mira que tienes un niño pequeño". Y lo dijo como advirtiéndome de algo grave, como si yo estuviera perpetrando un delito, como si le diera un mal ejemplo al chamo. En fin.

Otro asunto que quiero comentar es:

4.-Los escritores fantasmas exigimos la conformación inmediata de un gremio o sindicato que se ocupe de nuestros intereses para nada fantasmas de modo de avanzar en la creación inmediata de un fideicomiso destinado al montepío, el crédito blando para vivienda y vehículo de uso recreativo así como la afiliación a un seguro médico para todos los colegas y familiares y... (perdón, este no es el lugar para hablar de esto).

5.-Escritores fantasmas son todos los escritores de este horrible planeta.

Este último punto obliga a una aclaración mínima. En primero lugar, todo escritor es un ser de las tinieblas, lo más parecido a un alma en pena. Los escritores suelen deambular por las casas a altas horas de la noche arrastrando sus pantuflas y también sus ideas. Además, se la pasan murmurando y estableciendo diálogos con la sombra. A veces, incluso, de manera agresiva. Por eso hay quienes los denominan "púgiles invisibles". Por todo esto podemos colegir que un escritor, cualquiera sea su raza o religión, es lo más parecido a un fantasma.

Luego, todo escritor escribe para alguien (uno o varios lectores), pero también escribe para un escritor, es decir para sí mismo, y aún más: escribe para otros escritores, para sus pares, sus colegas. Y hay quienes escriben para los críticos, que es el colmo de la aberración de este oficio aberrante. Y bueno, igual que cualquiera de los tipos mencionados, el escritor fantasma también escribe para un otro.

Me dirán que la diferencia está en que el escritor fantasma no firma sus libros sino que permite que otro, u otros, o una institución, o un prestamista, o un narcotraficante, se abrogue la autoría de su obra. Y hay quienes consideran esto una debilidad, una cesión de derechos, una capitulación, o hasta una manera moralmente aceptada de prostituirse. Pero nada más erróneo. Lo que ocurre es que el escritor fantasma lleva al extremo aquel exitoso axioma rimbaudiano que dice: "Yo es otro". E incluso aplica el mismo axioma al producto de su trabajo: "este libro es otro libro". Así, al ser otro libro su libro, éste no le pertenece. De modo que si yo no soy yo, y mi libro no es mi libro, el asunto se reduce a pasar por cajar y retirar el cheque.

Pero la cosa no es tan sencilla. El escritor fantasma tiene una relación fantasmática con el dinero. Escribir cuesta plata, se dice, y lo afirma con una convicción que aterra. Pero como es un individuo en la sombra, en sus manos la plata pierde brillo. Por eso el escritor fantasma es un ser melancólico.

Cuando se reune con sus colegas habla de cosas aparentemente nada fantasmales: las noticias que aparecen en el periódico. Y muchas veces duda de que, por ejemplo, un artículo de Vargas Llosa no sea de Vargas Llosa, sino del fantasma de Isaiah Berlin. Porque el verdadero problema con los escritores fantasmas es que ven fantasmas por todos lados. Y no es que tengan alucinaciones, no. Es que se toman tan en serio su trabajo, que su capacidad de observación se agudiza al punto de tener auténticos contactos del tercer tipo, con gente que habita el más allá. Y al frecuentar ese exomundo, esos salones de sombras y aparecidos, se entrenan a diario en las difíciles artes de escribir sin ser vistos.

Y para terminar:

6.- Los escritores fantasmas escriben exactamente lo mismo que escriben los escritores no fantasmas: textos fantasmas.

5 oct. 2008

Cuatro puntos críticos

El crítico a quien más agradezco es el capaz de hacerme mirar algo que no había mirado nunca o mirado con los ojos velados de prejuicios, de ponerme frente a eso y dejarme solo. De allí en adelante debo confiar en mi propia sensibilidad, mi inteligencia y mi capacidad de ganar sabiduría.

T. S. Eliot, Las fronteras de la crítica, 1956


El problema con los críticos es (como mínimo) triple: a) que se trate de comentaristas mediocres, que saben tan poco como nosotros; b) que manifiesten una clara predilección por un determinado tipo de literatura o, simplemente se dejen comprar por la industria editorial; y c) que se trate de escritores de talento que convierten la crítica en género literario autónomo (piénsese en Borges, por ejemplo), y acabemos leyendo las reseñas sobre los libros en vez de los propios Libros.
Joseph Brodsky, en Cómo leer un libro, 1988.

A veces le corresponderá al crítico condenar lo inferior y exponer lo fraudulento; aunque esta tarea es secundaria a la de discriminar el elogio de aquello que lo merece.

T. S. Eliot, Las fronteras...

Todo crítico es una excelente persona hasta que demuestre lo contrario.

Anónimo toledano s/f

26 sept. 2008

Un mundo aterrador


Hoy imaginé un mundo habitado solamente por escritores.

Y lo primero que vino a mi mente fue la imagen de una enorme mancha extendida sobre el territorio, algo así como un gran deslave de lodo, un audaz borramiento urbano.

Esta macabra idea se me apareció al salir de la confitería Las Violetas, en pleno barrio de Almagro. Yo cargaba con una torta de cumpleaños y me dirigía rumbo a casa cuando de pronto lo vi. En toda la esquina de Medrado y Rivadavia estaba Luis Gusmán, el escritor de El frasquito, vestido completamente de negro, metido dentro de un largo sobretodo negro, parado con los pies tan leves como plumas, como si fuera a hacer algo, pero sin decidirse a hacer nada.

No se deplazaba ni a un lado ni al otro. Parecía flotar como esos personajes de la ópera china que se deslizan sin tocar el suelo. Todo indicaba que no estaba esperando a nadie, pues no miraba su reloj, ni lucía impaciente. Se trataba de un hombre absorbido por un hueco negro, no cósmico, sino barrial. Allí estaba, tan leve como un holograma, abandonado a sus propias lucubraciones, como si el resto de la ciduad no existiese, o existiese a medias, solamente lo necesaario para sumergirse en sí mismo.

No conozco personalmente a Luis Gusmán, pero su imagen algo buitresca e indecisa, aquel tipo hundido en medio del bululú de Almagro, me conmovió.

Entonces pensé, ¿y si todos fueran así?

Quiero decir, si todos los habitantes de una ciudad viviesen en ese limbo metareal de los escritores, con la mirada puesta en un largo paisaje imposible, pensando en una línea paralela de la vida, imaginando, no sé, concentrados en los abismos monologantes de cada quien, ¿cómo sería un mundo así? ¿cómo sería la socialización en una sociedad de estas características?.

La respuesta es fácil: sería un mundo aterrador, una sociedad espeluznante.

Por momentos imaginé un lugar donde todos evitáramos saludarnos en las calles (los escritores suelen hacer esto), donde nadie contestara el teléfono cuando repica (los escritores también suelen hacer esto), donde reinara el pensamiento único de la ironía y el sarcasmo (virtudes que comparten quienes garabatean unas líneas), o donde, por ejemplo, hubiesen más librerías que supermercados, más papelerías que canchas deportivas, más bibliotecas que kioskos, y más bares que panaderías. Por último, sufrí un alucinación siniestra: todos, absolutamente todos los pasajeros del metro con un libro entre las manos. Todos, sin ninguna excepción, mirando las páginas de un libro. ¡Horror!

Por eso propongo --sin ánimo de emprender una cruzada moral-- que se prohiba a los escritores andar libremente por la calle, y menos vestidos íntegramente de negro. Que eviten esas actitudes de pajarracos jorobados (se ven sumamente sospechosos), y que en la medida de lo posible miren hacia adelante, hacia la gente, y no al infinito pluscuamperfecto. Que se pongan en marcha cuando el semáforo cambia a verde, y que no anden como desbrochados, partidos al medio. En fin, que no ocupen las esquinas, sobre todo las más populosas de la ciudad, con ese físico ambivalente y ese ranking peso pluma. No le hace bien al ornato público. No le hace bien a la psiquis colectiva. Y si no pueden cambiar, entonces que disimulen un poco.

21 sept. 2008

De la descomposición


Hace varios años atrás hice unos collages para ilustrar un libro que nunca concluí. Jamás en la vida me había puesto a hacer collages; nunca fui bueno ni para el dibujo ni para la pintura y siempre envidié a mi hermano que, con apenas dos trazos, conseguía hacer un retrato. Pero el dichoso librito, por siempre inconcluso, me exigió en aquel momento algo más que palabras (y este, sin duda, fue el principio de su fin).

Puse manos a la obra: comencé a vagabundear por el barrio en busca de cualquier porquería que llamara mi atención. Escarbé en los basureros, me metí en los terrenos baldíos, incursioné en edificaciones demolidas, me sentí todo un artista trash dispuesto a rescatar algo de las ruinas de la historia. Pero nunca supe qué hacer con todo eso. Era demasiado para mí. Y al final terminé comprando cualquier clase de chucherías (plastiquitos, imperdibles, hebillitas, muñecos, etc.) en almacenes chinos a precio de saldo.

Junto con todo este tesoro, me senté en la mesa del comedor de casa, y con tijeras, goma de pegar y poco más, empecé a hacer mis collages. Lo primero que me gustó fue sentir las diferentes texturas del papel, de la tela, de la madera, el plano sobre plano, y la unión de cosas completamente diferentes. Recuerdo que junté a una regla colegial la fotografía de un torso desnudo, y a las líneas férreas de un tren que había recortado de una revista le sobrepuse la foto de un cadáver sacado de una página de Crónica.

El asunto no iba mal, pero se convirtió en una verdadera obsesión. Durante casi dos meses no escribí nada, no salí, ignoré a mi novia, no asistí a clases (estudiaba en aquel entonces) casi no leí, solamente tenía cabeza para los malditos collages. Después de toda una vida utilizando mis manos sólo para sujetar un tenedor y un cuchillo, pisar las teclas de una computadora, o para otros usos menos decorosos, sentí que de pronto esas manos despertaban a algo nuevo. ¡Una manera distinta de vincularme con el mundo! Aunque en realidad el asunto no era tan nuevo como yo pensaba, pues no había mucha diferencia entre hacer eso y escribir unas líneas.

Es decir, al juntar objetos residuales, al decidir por este recorte y no por otro, al seleccionar colores, al inclinar una figura en la cartulina, o hacer una mancha de tinta sobre una esquina del papel, estaba haciendo algo que yo más o menos conocía: estaba componiendo. O más bien descomponiendo. Porque es un mito eso de la composición. Componer es una gran mentira que se la ha creído todo el mundo. Las cosas están por naturaleza “compuestas”, y entonces uno viene y las descompone, las desarregla, las hace estallar en mil pedazos.

La diferencia entre hacer el collage y escribir estaba (o por lo menos así lo vi en aquel momento) en que las palabras eran remplazadas por otras cosas, quizás más tangibles, quizás menos ambiguas. Pero incluso esta diferencia era bastante sutil, pues al fin y al cabo las palabras se parecen mucho (y a veces pueden sustituir) a los objetos encontrados en el fondo de un basurero, a un recorte de prensa amarillento, o a un engrudo de goma de pegar Elefante.

Lo cierto es que aquellos collages los recuerdo con gran cariño. Los recuerdo especialmente cuando me siento junto a mi hijo a pintar con acuarelas o marcadores, a pegar recortes de revistas encima de cartulinas modificadas. Y también los recuerdo como un viejo y efímero amor, esos que de pronto se interrumpen sin motivo alguno y nos dejan como balbuciando.

No los conservo conmigo. Desde hace años están dentro de unas cajas a miles de kilómetros de distancia. Quiero creer que todavía se encuentran en ese depósito donde los dejé, en el sótano de un viejo edificio de Madrid. A lo mejor estarán decorando las tinieblas de esa oscura guarida, o más bien desintegrándose, descomponiéndose. Perdón, componiéndose, para volver nuevamente a su estado natural.


* El collage que ilustra este post forma parte de la muestra que John Ashbery, el poeta, mantiene actualmente en la Tibor de Nagy Gallery de Nueva York.