21 feb. 2010

Novedades editoriales

La editorial Norma Argentina acaba de reeditar en Buenos Aires mi novela Bajo tierra. Cuando salió en Venezuela el año pasado, escribí unas palabras, que leí en la presentación. Casi un año después, las comparto ahora con los lectores y amigos cuatreros.


Bajo tierra nació, como muchas cosas nacen, de un extravío, de una equivocación.

Todo comenzó con un striper. Sí, uno de esos tipos que se desnudan en las despedidas de solteras. Una amiga me contó la anécdota. Y en este caso fue una anécdota sorprendente, o por lo menos eso me pareció, pues no se trataba de un stríper cualquiera, sino de un striper tímido. Frente a una tropa de mujeres embochinchadas, el tipo no se quería quitar la ropa.

Comencé a escribir un relato sobre este personaje. Y el caso es que a medida que avanzaba la historia, el dichoso striper cada vez iba quedando más y más rezagado, y al final quedó tan absolutamente fuera, que terminó por salir del conjunto y convertirse en un cuento aparte, que más tardé publiqué.

Las historias subsidiarias, periféricas, residuales, que habían surgido en la escritura de ese relato (un padre desaparecido, una ciudad subterránea, las migraciones urbanas) pronto se convirtieron en la fuente principal de Bajo tierra, donde no hay stripers, ni despedidas de soltera.

Así comencé a trabajar con las sobras, los desechos de aquel relato, y pronto percibí que sólo una novela iba a poder contener aquello. Y trabajar con sobras, con desechos, me estimuló mucho. Quizás porque tienen la virtud de conformar una galaxia de cosas flexibles. Es como moldear una masa amorfa, y todo lo amorfo es dúctil. Y con esas historias aparentemente secundarias (y digo aparentemente pues todo lo importante, lo realmente importante para uno siempre se demora en aparecer) se fue armando la novela.

Dicen que sólo se puede escribir un relato policial o un relato de viaje. De ser esto cierto, yo sería más viajero que detective. Y bueno, con mi equipaje precario, me senté en la butaca, y Bajo tierra fue naciendo o viajando, y lo hizo como una búsqueda de sí misma. Averiguar qué era, qué traía entre manos. Y para responder a esas preguntas era necesario inventar, porque uno inventa para entender.

Y luego me tocó encargarme de su cuidado, darle de comer. Así me convertí en algo parecido al guardián de la jaula de un león: ese señor vestido de caqui, que alimenta a una fiera. Todos los días le acerqué su comida y su bebida para que sobreviviera. Y si yo no acudía a diario a la jaula, la fiera iba palideciendo. De modo que así fue la cosa. Y a medida que pasaban los meses dándole de comer y de beber, aquella fiera fue creciendo, y también se fue domesticando. Aunque nunca terminé de saber quién domesticó a quién.

Poco a poco entendí qué era ese largo relato que estaba escribiendo, y entonces aparecieron claramente los temas de la novela, mis oscuras intenciones: la búsqueda del padre desaparecido y la invención de un improbable reencuentro, la migraciones humanas que nutren nuestra ciudad, y la necesidad de construir una ciudad que fuese espejo de la otra, porque siempre he pensado que hay otra Caracas, no sé dónde diablos, pero existe, en el pasado, en el futuro, arriba, o abajo, detrás, pero existe. Y entre esos dos planetas: la búsqueda del padre y la ciudad inventada, entró, como una cuña, el descenso: bajar, caer, hundirse, como punto de conexión de todo. Porque en mi caso el descenso fue el hilo que unió esas dos obsesiones, que es como unir, mediante una escalera, dos espacios vacíos.

Muchas gracias.

5 feb. 2010

Si es falso, mejor

Mientras pensaba en proponerle al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires la creación de una biblioteca de libros plagiados, falsificados e inauténticos, di con esta información: el gran falsificador de obras arte, Shaun Greenhalg (Bolton, Inglaterra, 1961), quien estafó a centenares de instituciones, marchands y coleccionistas, cuenta hoy en día con una muestra retrospectiva de su “obra” en uno de los museos más reconocidos del mundo: el Victoria and Albert Musuem de Londres.

Organizada por Scotland Yard, esta atípica exposición es, al mismo tiempo, la muestra de un alto talento artístico y el viaje a las estrategias, evasiones y modus operandi del negocio de la falsificación, donde Geenhalg fue uno de los más grandes, mejor pagados y más excéntricos.

Desde 2007 cumple condena por fraude, pero durante muchos años puso en marcha, junto con toda su familia, una fantástica empresa delictiva donde su indiscutible talento impidió que los especialistas de la Tate Gallery, Sotheby´s, o del pretigioso Instituto Wildenstein pudieran siquiera sospechar algo.

El clan Greenhalg estaba conformado por su padre, su madre y su hermano. El padre se encargaba de las negociaciones directas con los clientes; con sus casi noventa años, anclado a una silla de ruedas, convencía a los compradores con su aspecto de anciano benevolente. La madre, Olivia, hacía las llamadas telefónicas más estratégicas, siempre haciéndose pasar por otra persona, y Georgie, el hermano mayor, se encargaba de buscar los recursos que Shaun necesitaba para llevar a cabo su meticuloso trabajo. Todos, como una familia feliz, vivían juntos en una casita en la ciudad de Bolton, al Noreste de Inglaterra.

El talento de Shaun se aplicó a diversidad de temas, técnicas y materiales. Falsificó óleos, esculturas, cerámicas, bajorrelieves, fotografías, dibujos, acuarelas. Trabajó con metales, porcelanas, mármoles, y no se conformó con plagiar el arte moderno sino que hizo excelentes contribuciones al arte antiguo. Como ocurre con la mayoría de los falsificadores, Greenhalg padeció la falta de reconocimiento, y canalizó su enorme amor por el arte a través de la realización de estos homenajes.

En muchos casos acompañó sus obras con cartas personales de los artistas, pliegos sucesoriales, antiguos testamentos y una larga lista de títulos y documentos con la que pretendía legitimar la autenticidad y procedencia de sus obras. Todos ellos, por supuesto, completamente falsos. Se trataba, pues, de una verdadera máquina de producción de mentiras. Toda una inteligencia ficcional puesta al servicio del fraude.

Durante diecisiete años consiguió estafar a centenares de clientes y sus obras fueron orgullosamente exhibidas en los mejores museos del mundo. Se ignora cuánto dinero habrá obtenido por sus picardías, aunque la cifra sin duda es millonaria. Jamás hizo ostentación de su fortuna, y él, junto a toda su familia, continuó viviendo en aquella humilde casita de Bolton. Es más, cuando la policía allanó el domicilio en el año 2006, comprobó que las condiciones en que vivían los Greenhalg no sólo eran sumamente modestas, sino poco menos que miserables.

Fue famosa su falsificación de Gauguin, “El fauno”, que logró vender al Instituto de Arte de Chicago, donde luego se haría una retrospectiva del artista francés, y se incluiría la escultura de Greenhalg, como flamante adquisición. Allí, al lado de Gauguin, Shaum debió sentir que su talento alcanzaba el Olimpo. Un Olimpo que para él, y a pesar de su talento, estaba negado.

Más tarde vendió al museo de Bolton, por casi medio millón de libras esterlinas, una estatuilla de alabastro del antiguo Egipto, datada en 1350 AC. Tras haber sido autenticada por especialistas de la casa de subastas Christie´s y curadores del British Museum, la “Princesa de Amarna” fue exhibida durante varios años en la prestigiosa Hayward Gallery y en el mismo Museo de Bolton. Pero al intentar una estafa similar, esta vez con un friso asirio, los Greenhalg levantaron sospechas y tras una larga investigación, fueron capturados.

Hoy en día, desde la cárcel, Shaun Greenhalg observa con inmenso orgullo cómo su obra es motivo de una muestra retrospectiva en el Victoria and Albert Museum de Londres. Por primera vez en su vida, sus creaciones vienen firmadas con su nombre, el nombre de quien las creó. Si bien obtuvo mucho dinero con su habilidad para el engaño, jamás ganó prestigio. Los historiadores y académicos del arte se lo negarán, pero los detectives de Scotland Yard ya se lo otorgaron.

Viendo todo esto, no puedo más que concluir que mi biblioteca de libros plagiados, falsificados e inauténticos es una idea perfectamente viable. Voy a proponer cuanto antes el proyecto a la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, y no a otra ciudad ni a otra secretaría, por la sencilla razón de que el Santo Patrono de esta biblioteca no puede ser otro que el inconfundible Pierre Menard, autor de El Quijote.

Publicado en http://prodavinci.com/2010/02/04/si-es-falso-mejor/

24 dic. 2009

Papá Noel en aprietos

Ayer fui con mi hijo al parque, y como es costumbre en esta época, había un Papá Noel metido dentro de una carpa, sentado en su trono, dispuesto a tomarse fotos con los niños. La cola de enanos era kilométrica y aquella carpa no era, precisamente, la fresca tienda de un jeque, sino un asfixiante armatoste de plástico. A las dos de la tarde el sol derretía hasta las ideas y no soplaba ni un poco de brisa. A pesar de los dos ventiladores y de las chicas que lo hidrataban con vasitos de agua, Papá Noel lucía sofocado. Aquel hombre (un abuelo contratado por su barba, pero quizás más por su pobreza) era un fuerte candidato al paro respiratorio.

Al verlo así, en aprietos, lo imaginé en el marco de una versión más tropical. Por ejemplo, luciendo indumentaria de lino para satisfacer a los espíritus más fashion, o sencillamente en shorts y sombrero panamá, sandalias y barba de tres días. La imagen no correspondería con la de nuestros sueños infantiles, es cierto, pero más vale un Papá Noel afuera que adentro de una ambulancia. Porque darle una alegría a un niño no amerita sacrificar la vida de un adulto ¿O sí?

Papá Noel (San Nicolás, Santa Claus, o como quieran llamarlo) es un personaje rabiosamente pop, como lo puede ser Barney. Parece un Dios gentil y obeso, y ocupa un lugar primordial en los altares infantiles. Mi hijo, por ejemplo, estuvo hablando de Papá Noel durante todo el año, desde enero hasta noviembre, y cada vez que veía un avión surcar los cielos decía: “¡Papá Noel! ¡Allá va Papá Noel!” Yo le explicaba que no, que Papá Noel no venía en avión sino en un trineo empujado por renos, una especie de venados voladores, pero que todavía faltaba para verlo, que tuviera paciencia. Sin embargo él insistía: “¡Papá Noel! ¡Allá va Papá Noel!”.

La leyenda se perdió en el camino y ya no responde a una tradición específica. Santa Claus, a estas alturas, es un damnificado de sí mismo. Si es originario de Bari, de Laponia, o del Polo Norte, a nadie le importa. Además, desde que en 1931 la Coca Cola lo absorbiera como imagen de sus diabólicas botellitas, el personaje se ha prestado para todo tipo de dislate. Ya no se trata de una tradición sino de una distracción. Ya no es un mito sino un entretenimiento.

Hace rato que los Reyes Magos perdieron popularidad. En España hay personas, campeones de la epopeya bíblica, que luchan por imponer a los Reyes frente el exitoso Santa. Quizás la indumentaria demasiado “Oriente Medio” de Melchor, Gaspar y Baltasar, sus barbas excesivamente pobladas y sus gigantescos turbantes, no ayudan a la simpatía (ni calman la paranoia) occidental. Frente a un hombre que trae regalos a nuestros hijos disfrazado de Osama Bin Laden, preferimos mil veces a Santa, por más que este se encuentre al borde de un accidente cardiovascular.

Yo me solidarizo con todos los Papá Noel de Argentina y de aquellos rincones del mundo donde haga calor en las Navidades. Estos individuos –presumiblemente desempleados o rematadamente locos-- son héroes invisibles cuando el termómetro toca los cuarenta grados. Frente a nuestro queridísimo niño Jesús, quizás demasiado dependiente del pesebre, el bueno de Santa ofrece un sentido mundano y ecuménico que me simpatiza y al que soy afín. Por ello propongo la creación de un sindicato que lo ampare (seguro social, montepío, atención de urgencias), para que en un futuro no lejano obtenga justas reivindicaciones. No hablo de subsidiar la compra de potentes aires acondicionados, pero sí que se le permita llevar bermudas, chancletas y sombrero panamá, y no esos pesados y asfixiantes atuendos que bien podrían lucir los esquimales.

¡Feliz Navidad!

Publicado en: http://prodavinci.com/2009/12/24/papa-noel-en-aprietos/

22 nov. 2009

Cuatrocuentos #6

Llegamos a la media docena de Cuatrocuentos, revista digital de cuento hispanoamericano.

Los invitamos a leer los textos inéditos de Eduardo Berti (Argentina), Mayra Santos Febres (Puerto Rico), Gloria Peirano (Argentina) y Ednodio Quintero (Venezuela).

Pasen y lean
Cuatrocuentos #6

Viejos amigos

Tengo una progresiva tendencia a hacerme de amigos octogenarios. Adoro comer, charlar y beber con hombres y mujeres que superan ese magnífico umbral. Yo me siento cómodo en su compañía, como si entre ellos y yo colgara un puente de sangre, una soga que nos une de manera metafísica.

He pensado en la razón de esto, y acá van mis conclusiones. La primera es que el trato con coetáneos se me hace cada vez más cuesta arriba. Alternar con ellos es como mirarme al espejo, y esa práctica se viene complicando a medida que pasan los días. Además, cuando uno llega a la mediana edad, se encuentra en un espantoso punto equidistante, donde no se es ni joven, ni viejo, ni niño, ni anciano, ni un coño. ¿Qué diablos soy?, me pregunto con el mismo gesto de Janet Leigh en Psicosis.

Los ancianos me fascinan porque, al llegar a esa cumbre de la edad, el ser humano o se hunde o se libera (o le ocurre las dos cosas juntas), que son dos formas, al fin y al cabo, de asumir la vida en toda su intensidad.

He leído en el diario Clarín la noticia acerca de la carrera de los 373 años, donde Efraín Wachs (91), Lorenzo Escobar (95), Manuel Rajas (95) y Andrés Costilla (93) disputaron una prueba de 4×100 metros en la Plaza Independencia de Tucumán. Estos nonagenarios se calzaron sus Nikes y echaron a correr como Usain Bolt. Wachs, el promotor de este ingenio, oro olímpico en los torneos internacionales de atletismo para veteranos, se inició en el atletismo con algo de demora, ¡a los setenta años!, luego de una exitosa carrera como ajedrecista.

Admiro a estos viejos colosales, semidioses de la vida, auténticos campeones contra la muerte. Además me entretienen sus extravagantes performances, y me hacen pensar que yo, a esa edad (y con seguridad mucho antes) mereceré el reino, no de los cielos, tampoco de los infiernos, pero algún reino, pienso yo, mereceré.

Los ancianos hacen el viaje de vuelta, y desde la ventanilla de su vehículo se ríen de este mundo. Practican el sarcasmo y la ironía, libres de todo compromiso. Como no tienen nada que perder (todo es ganancia para ellos) le cobran a la vida su revancha. Quizás no sean más ágiles pero sí más libres, y toda su chochera de opinólogos intransigentes, de ciudadanos irritables, no es más que un ejercicio de albedrío donde desestiman las estructuras de la vida, incluso las rechazan, para imponer las propias. Por eso detrás de todo viejo aparentemente loco, suele haber un viejo aparentemente sabio.

Hace poco fui a ver Minetti de Thomas Bernhard, la estupenda obra en la que actúa Juan Carlos Gené. Minetti es un anciano y fracasado actor de teatro en busca de un último papel como Rey Lear. A sus ochenta años, Gené asumió este papel trágico, y su personaje brilla como un sol negro. Es el brillo que no destella sino que se absorbe a sí mismo, un brillo que hace implosión en el fondo de nosotros. Porque los ancianos tienen eso: las cosas que hacen o dejan de hacer van directo a nuestra memoria más remota.

Ahora que la juventud es una tiranía y sus gestos se imponen de manera bastante obscena (basta observar los ritos de cierta música pop y sus subproductos), los ancianos son una nueva contracultura, nuestros actuales beatniks, o sea, los verdaderos iconoclastas de la posmodernidad, si es que aún podemos llamar así a los escurridizos días en que vivimos. Quiero decir: ante la velocidad del zapping y el video clip, proponen un elogio de la lentitud; ante el entusiasmo adolescente, ofrecen un estilo cascarrabias.

Justo cuando la expectativa de vida es más alta que nunca, la juventud impera en todos los rincones. Por supuesto hay viejos que, a contrapelo de sus años, se empeñan en practicar las mañas de ayer con el cuerpo de hoy. Esto, que no lo critico, a veces se manifiesta en forma de sainete (rinoplastias, blefaroplastias, etc.) haciendo que algunos de ellos se conviertan en la farsa de sí mismos.

Por suerte mis amigos ancianos le temen al quirófano, y antes que mutilarse para verse bellos, resguardan con celo lo poco que tienen. Además, soy de los que piensa que la mayoría de los mal llamados viejos verdes, no son sino adultos mayores con deseo. Y donde hay deseo hay vida; y donde hay vida hay amistad.

“Lo más voluptuoso que hay en todo placer se guarda para el final”, dijo el viejo Séneca en un texto titulado Ventajas de la vejez. Y en esto estoy completamente de acuerdo, pues la bandera a cuadros de un Gran Prix es la etapa más electrizante, y el último trago de nuestro whisky es el que más disfrutamos. Pero para que el final de una vida sea voluptuoso, o cuando menos satisfactorio, este debe venir con seguro médico y pensión. De no existir estas dos condiciones, todo lo dicho en estos párrafos se convertiría, de manera inmediata, en un asunto juvenil.

Publicado en: http://prodavinci.com/category/lecturas/cronicas-portenas/

En la foto: Juan Carlos Gené como Minetti

29 oct. 2009

Excavación sin fin

Copio la reseña escrita por el poeta y crítico Luis Moreno Villamediana sobre mi novela Bajo tierra, publicada en 500ejemplares:

Desde la aliteración inicial, la novela de Gustavo Valle, Bajo tierra (Caracas: Norma, 2009), establece un sistema de rehechuras. “Hay mucha gente buscando a otra gente y eso se siente, de verdad que se siente”: lo que en esa frase se logra con la clonación de unos fonemas, en el contexto más amplio se registra con las parciales simetrías de las circunstancias y la anécdota. Más que el patrón perfecto de las homologías, a Valle le interesan las variaciones donde se reconoce el sustrato común. La catástrofe del principio, el terremoto de Caracas en el sesenta y siete, se replica casi al final en el deslave de Vargas en el noventa y nueve; pero cada evento certificable cuenta acá menos como signo de un ciclo natural que como hitos en la vida de Sebastián C. La novela no deprecia la significación material de los hechos, pero los articula como instantes en la relación del narrador con la figura de su padre. Lo reiterado cobra la cualidad de aquello que es a la vez familiar y distinto, e insiste en esa diferencia—un deslave no es lo mismo que un sismo, por mucho que se pueda apuntar a la estadística igualitaria de víctimas. Los sucesos vienen definidos de ese modo por los lazos que se dan en la recíproca y defectiva traducción de uno en otro. A fin de cuentas, la similitud sólo establece la ilusión de que algo puede explicarse. Bajo tierra no lidia jamás con esa vanidad.

Para seguir leyendo, hacer click aquí

5 oct. 2009

Equinoccio de poesía

Tres buenos amigos presentan sus libros de poemas, bajo padrinaje de tres presentadores de lujo.

Mañana martes, 7:oo pm, Caracas ,Venezuela.

Mucha merde!

1 oct. 2009

Carne argentina *

“El espíritu está pronto, pero la carne es débil”. Y sobre todo jugosa –agregaría yo sin temblor. Porque ante un bife de chorizo, un vacío, o un suculento asado de tira, el mundo gana en tentaciones y lujuria. Quien haya pisado estas australes latitudes sabe que debe contar, dentro de su botiquín de primeros auxilios y cuidados personales, con un buen abogado, y un mejor carnicero.

Cacho, mi carnicero de confianza, es toda una institución en el barrio. Además de pertenecer a la barra brava del Club Atlético Chacarita Juniors, selecciona la mejor carne con los ojos cerrados. Totalmente calvo, de manos hipertrofiadas, joroba monumental y pies que parecen los del eslabón perdido, Cacho se gana, con su aspecto de matón, el cariño de ancianos, mujeres, y niños.

Todos los domingos va a la cancha a hinchar por Chacarita, un cuadro cuya mejor actuación data de 1969, y hoy ocupa el último lugar en la tabla de clasificaciones. Coronando la cámara refrigerante de su negocio, está el banderín del equipo, y encima de la sierra corta chuletas, una enorme foto con la dedicatoria de todos los jugadores. Fútbol y carne se hermanan en el local de Cacho como el ying y el yang de una fervorosa utopía vernácula.

Una vez le pregunté por Isabel Sarli, la despampanante diva de los años 60, y mencioné la película “Carne”, donde ella era violada dentro de un cámara frigorífica, encima de unos enormes y sanguinolentos costillares. Cacho me miró con ojos aguados, parecidos a los de un becerro. “¡Ah, la Coca Sarli!”, me dijo casi entre lágrimas. Y se dispuso a contarme cómo su vocación carnicera había nacido de la admiración por aquella apetitosa Tongolele de la pampa.

Con sus enormes cuchillos siempre afilados, Cacho parecería un asesino serial si no fuera por su voz suave y su sonrisa ingenua. Con esa misma voz me dijo un día: “un cuchillo seguro es un cuchillo afilado”. Lo dijo al ver mi dedo envuelto en una curita, y adivinó que me había herido cortando carne. La paradoja del arma que, en su mayor nivel de peligrosidad adquiere seguridad, fue la mejor prueba de que Cacho era, además de carnicero (o precisamente por eso) un hombre sabio.

Un día, para sorpresa de sus clientes y sin aviso previo, desapareció del local. Todo el mundo se preguntaba dónde diablos se habría metido. Muchos especularon con su salud (es un hombre mayor), pero yo sólo pude imaginarme un episodio violento: quizás alguna represalia entre barras bravas de Chacarita y Atlanta, enemigos a muerte en el fútbol nacional. Incluso pensé en algo parecido al famoso cuento de Echeverría, “El matadero”, donde una legión de federales arremete contra un unitario en medio de una Buenos Aires inundada y sin carne.

Mis teorías no estaban del todo erradas: Cacho volvió a las dos semanas cojeando de una pierna. Según su propia versión, uno de sus enormes cuchillos había resbalado de sus manos para herirle gravemente en el muslo. Lo que resultaba sospechoso era que Esteban, el verdulero que acompaña a Cacho en el negocio de al lado, jamás advirtió el accidente. Para colmo el carnicero lucía irritable, y su actitud desconfiada era la de un individuo metido en algo turbio.

Con los días (y los antibióticos) la herida de Cacho cicatrizó, y su habitual buen talante volvió a su cauce. Pero las sospechas acerca de lo ocurrido siguieron sobrevolándome. La visita de una patrulla de la policía, y un aislado episodio con un cliente, estimularon mis fantásticas hipótesis.

Como es de suponer, esto no impidió que frecuentara su negocio. Todo lo contrario. Sus cortes y su amistad fueron motivos suficientes para incrementar mis visitas. Además, me esforcé por construir una justificación a mi medida: el placer lujurioso de la carne debía venir acompañado de una especulación criminal. Y cuando veo a Cacho con sus cuchillos afilados, no puedo hacer otra cosa que pedirle un kilo de bifes, e inventarme el capítulo de un invisible film noir.

Desde entonces sé que para vivir en esta ciudad hace falta contar con un buen carnicero, y un mejor abogado. En estas australes latitudes la ley –como la carne- es débil.

* Integra mis Crónicas porteñas, en el portal http://www.prodavinci.com/

19 sept. 2009

Cuatrocuentos #5



Con textos de Marta Aponte Alsina (Puerto Rico), Hipólito G. Navarro (España), Marcelo Damiani (Argentina) y Fedosy Santaella (Venezuela).

Esto es
Cuatrocuentos #5.

14 ago. 2009

Revelación de la servilleta

Madrid. Para poder escribir una novela me instalé en una pensión. Yo la llamaba la pensión Galileo, pues todo giraba a su alrededor. Allí vivían, entre otros individuos, un fotógrafo porno de Guayaquil, y un sin fin de estudiantes latinoamericanos; estudiantes latinoamericanos hay hasta debajo de las alfombras. En la entrada estaba Mario, el portero, un militante del Partido Comunista que mascullaba consignas con un puro imantado a su boca.

Un día de invierno seco y estepario, se rompió la calefacción. A mi habitación llegó una cuadrilla de obreros integrada por Beto, el capataz asturiano, y un tipo de Lituania que no hablaba español y que respondía al nombre de Vasili. Trajeron picos, palas, bolsas para escombros, mandarrias. La relación entre ambos era, digamos, ortodoxa: Beto ordenaba, y Vasili, con cara de mujik imperturbable, obedecía. El asturiano localizó la línea del zócalo, y mientras señalaba a un punto imaginario, dijo:

-¡Aquí, Vasili, rompe! Y Vasili, que era fuerte como un oso, descargó un mandarriazo.

-¡Allá, Vasili, rompe! Y el lituano multiplicó los boquetes.

Al cabo de una hora mi habitación era una ruina. La fuga de aire, de gas, de agua caliente, nunca supe de qué, jamás la encontraron. Beto y Vasili se fueron y yo me quedé escribiendo. Sentado en mi mesita redonda, frente a la computadora, con dramatismo me dije a mí mismo:

--Jamás podré escribir la puta novela.

Ese era mi lugar. El lugar del escritor. Frente a la mesita redonda, tiritando de frío, mirando los boquetes de Vasili. Tras unos minutos en blanco, apagué la máquina y me entretuve leyendo el “Poema sobre el desastre de Lisboa” de Voltaire.

Cambié de habitación. Me dieron una interna, cuya ventana daba a los departamentos posteriores del edificio. Allí instalé mi mesita, mi computadora y ordené mis libros.

Un día, mientras estaba tecleando, observé en el departamento de enfrente movimientos sospechosos. Eché mano de mis binóculos y quedé petrificado al ver aquello: era el fotógrafo porno de Guayaquil. La ventana de mi habitación daba justo al estudio del profesional ecuatoriano.

Ahorraré los detalles de este perturbador descubrimiento. Sólo diré que fueron días de gran sequía intelectual, y no pude más que garabatear algunas líneas, todas desechables. Acarreé una especie de estopa mental de la que me fue imposible sustraerme. Previendo una sequía demasiado prolongada, pedí cambio de habitación, y para ello hablé con Mario, el de la portería.

Mario me indicó que debía hablar con Lucía, y Lucía me dijo que mejor hablara con Francisco, quien me obligó a llenar un formulario. Cuando le entregué el formulario, Francisco me dijo que no había habitaciones disponibles. Y como mis economías eran precarias, opté por compartir con unos venezolanos.

El grupo de venezolanos estaba integrado por tres buscavidas que trabajaban como relaciones públicas en las discotecas de Madrid. Su jornada laboral comenzaba a las doce de las noche y terminaba a las diez de la mañana. Perfecto para mis hábitos literarios, pensé, pues podía escribir todo el día, mientras los RRPP descansaban. Y así fue. Pero apenas se paraban de la cama, mi jornada concluía. Ponían La Oreja de Van Gogh a todo volumen, e iniciaban la preparación de su única comida diaria: espaguetis con atún.

Pronto me largué de allí, y fui a parar al piso de un Cordobés que adoraba al presidente Chávez. Pero más que a Chávez adoraba a una blonda alemana que compartía el piso con él. Por alguna razón que yo jamás comprendí, el cordobés pensó que yo cortejaba a la blonda alemana. Y entre sus vivas a Chávez y sus celos imaginarios, juzgué conveniente marcharme antes de desencadenar otro Cordobazo.

Salí arrastrando mi valija, mi computadora, mis libros, a lo largo de un Madrid nocturno, que ahora me era hostil.

Mientras caminaba pensé en lo desdichado que era, en el destino que me había tocado, y en cómo diablos iba a hacer para encontrar un lugar tranquilo, no digo un estudio con biblioteca y perro fiel, sino simplemente un lugar donde poder escribir.

Pernocté en un hotelucho en Moncloa, cuyas sábanas (y también su dueño) apestaban a naftalina. No recuerdo cuál de las pesadillas que tuve fue más espeluznante: si la del avión en llamas, o la del escritor fracasado. Al día siguiente, salté de la cama, y sin apenas probar el desayuno, me fui ir a Barajas para subirme a un avión rumbo a Buenos Aires.

Mi llegada a Buenos Aires coincidió con el corralito. Como había abierto una pequeña cuenta bancaria, tuve enormes inconvenientes para usar mi propio dinero. A mi precaria economía se sumaba ahora la precariedad argentina. Pronto me convertí en escritor fantasma, convencido de que de esa forma podía encontrar algo más de dinero, y con ello un domicilio menos transitorio. Escribí acerca de la aristocracia europea, concretamente sobre el aporte de las marquesas y condesas; escribí acerca de la diabetes en adultos mayores; y también sobre política --un diputado contrató mis servicios, meses antes de una campaña electoral.

No me fue mal. Pero pronto advertí que a un escritor fantasma nadie lo ve, y si nadie lo ve, nadie lo encuentra. Y si nadie lo encuentra, no existe. Y por aquella época yo necesitaba existir, pero sobre todo necesitaba un domicilio, un lugar donde estar, un lugar para escribir.

Arrendé un estupendo espacio en el barrio de Villa Crespo con el firme propósito de concluir mi novela. Me encerré a cal y canto y sólo salía al banco a sacar mi ración de pesos que el corralito me permitía, y también al almacén de los chinos a comprar enlatados, café y carne.

Compré una mesa de saldo, encima puse la computadora, y la coloqué frente a la ventana. Tras la ventana había un árbol; tras el árbol, otro edificio. Justo allí, paraba el colectivo de la línea 19, y cada diez minutos se escuchaba el frenazo, el abrir y cerrar de las puertas batientes y el rugir escandaloso del motor a diesel. Con amargura advertí que el barrio no era lo que yo esperaba. Además del colectivo, deambulaba una pandilla de fieritas, unos veinte jóvenes desocupados que se reunían a fumar marihuana y darse puñetazos. En sus ratos libres tomaban sol en la acera de enfrente. Traían sus toallas, las extendían en la acera y untaban sus cuerpos con aceite de coco.

Recordé a Séneca. Vivió toda su vida encima de unos baños romanos y tuvo que soportar estoicamente el ruido, las risotadas, la peleas de los clientes mientras trataba de escribir y pensar. En algún momento quiso mudarse, pero recapacitó: ¿De que sirve --se dijo a sí mismo— salir, irme a otra parte, si adonde vaya siempre llevaré el mismo equipaje?

Un día los fieritas dispusieron un bullicioso sarao matutino. Yo, para mantener mi equilibrio mental, decidí irme a la Biblioteca. Subí a la sala de lectura y conseguí un lugar idóneo para trabajar: había tomacorrientes debajo de la mesa para enchufar la computadora, y tenía el Río de la Plata frente a mí. Las palabras me picaban en los dedos y rápidamente retomé la escritura. Escribí dos, hasta tres párrafos bastante potables. En ese momento sentí un gran alivio, como cuando uno alcanza el mingitorio antes del desastre. Atribuí esta inspiración (o evacuación) a la vista del río, al aire acondicionado y al sillón confortable. Así estuve unos minutos, sumergido en el opio de mis propias palabras hasta que, a eso de las once, escuché una alarma estentórea, y vi luces rojas titilando por todas partes. Un vigilante apareció como un vendaval y me exigió salir de inmediato. Todos los que estábamos allí juntamos nuestras cosas y corrimos velozmente hacia las escaleras, donde ya se sentía el olor del humo. No referiré la histeria propia de estas ocaciones, los traspiés, los gritos, el nerviosismo. Por instantes me sentí un intelectual copto huyendo del incendio de Alejandría. Pero corrí con suerte. Al cabo de unos minutos había hecho pie en la planta baja y pude salir indemne para observar la acción de los bomberos. El incendio se había producido en el área administrativa, y no alcanzó a devorar un solo libro.

Al salir de la biblioteca me detuve en un bar a meditar acerca de mi destino. Me sentía una ceniza arrojada, un microbio que el planeta rechaza. Pedí una cerveza y me la tomé en dos tragos. Pedí otra. A través de la ventana miré a la gente pasar. La mayoría eran turistas. De pronto, como si hubiese sufrido un pico de presión, me volvieron las ganas de escribir (atributo de las cervezas, sin duda) y en una servilleta emborroné un poema. Por supuesto, este no podía ser otro que el “Poema sobre el desastre de Lisboa” de Voltaire, pero en su versión tropicalizada y miniatura.

Entonces tuve esta revelación: la servilleta es el mejor amigo del escritor. Ella tiene algo que el papel o la pantalla no tienen: sentido de la oportunidad. Siempre hay una servilleta a mano para albergar una idea, una ráfaga, una angustia. Pero hay un inconveniente: la servilleta está destinada a ir a la basura. Se me ocurrió entonces hacer una antología de textos escritos en servilletas, como una forma de justicia y reparación literaria. Imaginé este título: “Escritura volátil: literatura sin equipaje”. El libro contaría con una hipótesis sencilla (y esta fue la segunda revelación): El lugar del escritor está en una servilleta. Que no es otra cosa que decir: el lugar del escritor es materia desechable. Porque el problema de todo escritor no es el lugar que ocupa, sino el tiempo, que dicho sea de paso es breve, anacrónico, y muy mal pagado.

21 jul. 2009

Cuatrocuentos #3



Viajeros, lectores, paseantes hipotéticos, ya está a vuestra disposición el número 3 de Cuatrocuentos. Con la valiosa participación de Patricia Suárez (Argentina), Miguel Gomes (Venezuela), Viviana Paletta (Argentina) y Uriel Quesada (Costa Rica).

Pasen y repasen; lean y relean Cuatrocuentos.

6 jul. 2009

Prosas apátridas


Con Ilustración del gran Hermenegildo Sabat, este recuerdo de Alejandro Rossi y de su inigualable Manual del distraído. Revista Ñ, diario Clarín (04/07/2009)