18 may. 2009

Un cocoliche pampa-caribe


El sábado pasado apareció en la Revista Ñ del diario Clarín esta columna. Se trata, como me dijo una amiga, de mi champú lingüístico. La cuelgo acá, pues no está disponible en la web. Y otra cosa: a pesar del enorme parecido con el tipo de la ilustración, parado delante de banderas tricolor y albiceleste, juro que no soy yo ese vendedor de platanitos.

Si pinchas en la imagen, entiendo que se agranda.

11 may. 2009

El mapa del Capitán Flint

Comienzo a tomar notas. Doy rienda suelta a la acumulación de datos, sueños, desvíos, cuentas, caminos errados. Lleno la página de pistas falsas, de espejismos, algún oasis en medio de unas moribundas palmeras. Me divierto desperdigando líneas menores, veo incluso rostros velados, como tras una cortina, que me piden un empujón, del balcón hacia abajo, del balcón hacia arriba. Y me empapo en esta tarea de ir a ningún lado, tomando notas, sólo apilando informes dudosos, como si yo fuera el empleado de algún tribunal remoto, donde los delitos y las causas cogen polvo entre tanta sospecha. Y de eso, de sospecha están hechas las desprolijas notas que tomo. Como si de esa forma me dirigiera hacia la resolución de un enigma ¡Pero qué digo! ¡Qué enigma ni que enigma! Más bien como si estuviera metiéndome hasta el cuello en el ojo de algo que ignoro: me asomo, miro a un lado, miro al otro, olfateo, verifico la temperatura del aire, doy un par de gritos y vuelvo a meter la cabeza. Sospechas. Sigo con mis notas. ¿Qué más puedo hacer si el otoño no llega, y las hojas todavía no se arrojan desde lo alto de las copas? Y con ellas, no con las hojas, sino con estas gloriosas notas, voy conformando, o deformando, sin advertirlo, un plano, una especie de mapa obtuso de circulación atropellada, una cartografía siniestra que no me lleva a ningún lado. O en todo caso me lleva al punto inicial, a la pregunta de siempre: hacia dónde, desde dónde. Pero igual trabajo, laburo, tecleo, abro el grifo, tacho poco, más bien no tacho nada, prohibido tachar, me digo, todo puede servir, hasta la espuma de la que hablaba César Vallejo puede servir, servir hasta para ser destruida, hasta para ser olvidada. Sí, todo puede servir. Y vuelta a comenzar. Tomo notas. Más sospechas. Y al rato el mapa se expande, crece, consigue adquirir un tamaño medio, y aún más, un tamaño medio-medio, medio-grande, aunque siempre informe, como arrugado, como si alguien siempre lo hubiese llevado en el bolsillo. Y a pesar de este aspecto deplorable comienza, o recomienza, ahora sí, digamos que comienza, a tener un verdadero aspecto de mapa, de plano. Y lo que aparece ante mis ojos es algo así como el mapa de Juan de la Cosa, ese que descansa en el Museo de la Armada en el Paseo del Prado, algo parecido al mapa del Capitán Flint, es decir, un mapa comido por las polillas, por los hongos muertos de hambre, con ausencias, con partes que faltan, con pedazos arrancados a mordiscos. Y en ese mapa leproso veo una extraña coreografía, como si todos esos residuos y espejismos bailaran ante mis ojos, un baile espástico, claro, sin armonía, pero que pretende guiarme, aunque no sin antes descifrarlo. ¡Ah, un mapa para ser descifrado! ¡Descubrí el agua tibia! Mierda: todo esto me decepciona. Al fin y al cabo era éso, un maldito mapa para el que necesito un código. Como si para leerlo deba echar mano de otro lenguaje, de otra mirada. Y entonces ensayo ese otro lenguaje, esa otra mirada, es decir, comienzo a destruir el mío, y me tapo los ojos, y pongo cara de estúpido chamán, a ver si así mejora el asunto. Y de pronto tengo ante mí los mil caminos, como cuando deambulaba por los cerros tupidos de Guatire buscando el sendero hacia la playa, hacia playa La Sabana, en medio de una maraña de monte y culebras, un gamelote alto, como de dos metros, repleto de bichos, y mis botas aplastando el pasto, marcando la dirección, avanzando con miedo, con sospechas. Y así el mapa que tengo, que voy haciendo con mis incrédulas notas, se presenta frente a mí como una larga fila de hombres que me interrogan, unos guardabosques que me preguntan acerca de mil cosas, desde la indumentaria hasta el gesto, desde los aromas hasta la mirada, desde fin hasta el principio, y me amenazan, y yo me enredo, me asusto, tartamudeo, se me pone la piel de gallina. E intento rezar, pero me doy cuenta de que no sé cómo diablos rezar, y pronto me olvido de rezar e invoco a un dios ausente, como hacía Martha Kornblith, es decir, ese dios que siempre hace silencio, y le hablo a ese silencio sin rostro, aunque sin ningún ánimo trascendente, no vayan a creer. Y al cabo de esta charla entre fantasmas, sólo me quedan las mismas palabras de siempre, como flotando en el aire, inyectadas con helio. Entonces me imanto a ellas, son las palabras que están en los libros, ¿qué libros son esos?, las que me han acompañado durante años, y que a veces parece que se me olvidan, o se extravían o se esconden o se fugan, no sé adónde, pero se van lejos, y yo me voy con ellas, a ver si allí, mezcladas entre todas, están las mías, también escondidas, como si fueran mi dosis, mi pequeño cielo protector, y me pongo en marcha nuevamente, sigamos, dale, a tomar notas, sé que esta es la única forma de encontrar el camino --si lo hay.

28 abr. 2009

Revista Cuatrocuentos



Los invito a visitar la nueva revista Cuatrocuentos, especializada en relato hispanoamericano.

En este primer número participan Hebe Uhart (Argentina), Javier Sáez de Ibarra (España), Moira Irigoyen (Argentina) y Salvador Fleján (Venezuela)

Saldrá cada mes, o cada dos.

Cuatrocuentos

3 abr. 2009

Un jet lag espiritual


En casa trabaja una señora peruana que siempre amenaza con irse al Perú. Cada vez que ocurre algo (su hijo se enamoró de nuevo, otra vez hay problemas con el techo de su casa) decide, de un día para otro, montarse en un avión y no regresar nunca más. Yo entro en pánico, y le aconsejo un sinfín de arreglos, estrategias, simulacros, para hacerle entender que si hace eso (volver) será peor para ella, para el Perú y para toda América Latina. Trato de convencerla de que algo se desarticulará (en los caminos, en el aire, en su mente), si comete el error de regresar. Lo hago, por supuesto, con honestidad (la que me ha sido dada, la única que tengo), pues se trata de una persona noble a quien considero como de mi propia familia. Pero ah, sus huidas preanunciadas, cargadas de histérica emoción, me desquician.

Ahora que he vuelto de Venezuela, tras un mes electrizante y con agenda un tanto histérica, siento un jet lag espiritual; algo que la señora que trabaja en casa entiende y conoce perfectamente.

Luego de multiplicarme en varios Gustavos, y tratar de decir las mismas cosas pero con diferentes palabras y fracasar en el intento, subí al avión de regreso (¿regreso adónde?) cual héroe antiguo, cargando sobre mis hombros una mochila de ruinas --hablar de estas ruinas sería un tanto odioso y complicado en este breve espacio, así que dejémoslo hasta ahí.

Por alguna razón no quise, durante las diez horas de vuelo, ver películas (mucho menos leer) y me calcé los audífonos de Lan Chile para aplicarme un intravenoso (intra-auricular, más bien) de Radiohead, y escuchar cien, mil veces, aquella música un tanto melancólica, como si yo mismo la hubiera compuesto. Como era de noche, la oscuridad a diez mil metros de altura me ayudaba a entrar en cierto mood trágico, y tras pedir tres cervezas (sopa Heineken, rematadamente tibia) me dejé ganar por el sueño.

No soñé nada (aunque hay gente que dice que eso imposible: uno siempre sueña con algo, como si no soñar con nada fuera el principio del fin. ¡Pamplinas! Cuando uno no sueña con nada, pues no sueña con nada y punto), y al despertar ya estaba en Lima, haciendo un enojoso trasbordo, con free shop incluido. Allí, en la capital del Perú, en esa estación de tránsito del Perú, pensé en la señora que trabaja en casa, y me dije: “jóder, estoy acá, de paso y a medianoche, comprando pisco, en la tierra donde ella quisiera volver y quedarse para siempre”. Y como un vendedor de agendas y directorios telefónicos, caminé cabizbajo hacia el túnel que me conducía nuevamente al avión, a otro avión.

Ahora, una semana después de eso, todavía en proceso de aterrizaje, instalado en mi estudio en Buenos Aires y escribiendo esto, pienso que la armonía (¿armo qué?) es una mentira del modernismo; pienso que la unidad (¿uni qué?) es un cantinflada pitagórica. No sé. Pocas veces perpetro pensamientos filosóficos, pero cuando lo hago, como ahora, me invade una tristeza infinita. Y pienso que el Perú, Radiohead, los aviones, y los sueños que no se sueñan, tienen algo en común. Ignoro qué diablos será, pero tienen algo en común. Quizás una misma ventanilla por donde asomarnos para ver lo lejos que estamos de nosotros. Yo cargo siempre con mi ventanilla, para arriba y para abajo, desde hace algunos años. Es como un sambenito que me cuida de pensar que pertenezco a algo, o que algo me pertenece (que viene siendo lo mismo),y también me cuida de engañarme con la panacea (o el pasaporte) de saberme en algún sitio.

Perdonen, sepan disculparme, pero cada vez que vuelvo de Caracas reincido en melancólicos boleros. Se me trastornan las distancias a las que me he acostumbrado. Será por eso que viajar es lo más hermoso que hay en este hórrido mundo; después de hacer el amor, que no tiene rivales. De modo que el amor y el viaje, son mis vicios a perfeccionar. Para uno es necesario separarse, para otro es necesario unirse. Son las dos puntas de un puente que se cae.

Y mañana, cuando vea a la señora que trabaja en casa, mientras ordene un poco la sala o limpie el balcón, sin pelos en la lengua le diré, con toda mi convicción, que si quiere irse al Perú que se vaya, que agarre sus macundales y se largue, que no aguanto más su novela latinoamericana (si su hijo se enamoró otra vez, o su techo se vino abajo no me importa) que me deje tranquilo escribiendo mis cosas, inventándome mi propio (y postizo) existencialismo migratorio.

6 mar. 2009

Invitación


No, el tipo que aparece en la foto no soy yo. Se trata de un doble que contrató el Grupo Editorial Norma, un individuo alarmantemente parecido a mí que se prestó para un retrato a cambio de unos pocos pesos.

Hecha la aclaratoria, sólo me resta decir que los espero por allá. A los que quieran y puedan ir. Y a los que no, ya veremos la forma de inventar otra excusa para vernos.

3 feb. 2009

El país de los libros prestados


Los amigos de Relectura me ha invitado a dar testimonio, confesar o bien exigir, los libros que he prestado y jamás me han devuelto. Por supuesto, pensé de imediato en los que yo nunca devolví, bien sea por fuerza mayor (cataclismos, fatiga extrema) o por alguna otra justificación muy difícil de explicar. En fin, copio en este post mi humilde experiencia en estos tópicos y si pinchan acá pueden leer las experiencias de otros escritores invitados.


Pedir prestado es hacer patria. Pero, como en toda economía formal o informal, ocurren fraudes. Un día le presté a S. mi querida edición de La interpretación de los sueños. Al cabo de ocho meses me devolvió el libro completamente subrayado, con marcador amarillo fluorescente en las ideas principales y fucsia las secundarias. ¡Un carnaval aquel Freud! Ustedes me dirán: ¡pero te lo devolvió! Y sí, me lo devolvió, pero no sé si fue a consecuencia de éste u otro trauma, pero a partir de entonces cuestioné el psicoanálisis, lo fustigué con ardor.

Otro día salí de casa con Fragmentos a su Imán, el libro póstumo de Lezama Lima. Se lo iba a prestar a Z. Quedamos en un bar de Sabana Grande y allí comenzamos a beber. Pero bebimos tanto y tan seguido, que al despedirnos yo me olvidé de prestarle el libro y él se olvidó de pedírmelo. De vuelta a casa, beodo y parlanchín, lo dejé abandonado en el taxi. ¡Ah, las historias literarias que atesoran los taxis!

Y es que si hablamos de préstamos hay que hablar de abandonos. Hace años, cuando mi madre pudo recuperar una casita que tenía alquilada, me encontré tirado en el piso, junto a un montón de basura, las Obras Completas de Shakespeare. Los arteros inquilinos se habían llevado las pocetas, los grifos, las lámparas, los enchufes, todo, pero habían dejado a Shakespeare. Recogí al damnificado de entre los escombros. Lo rocié con Baygón para liquidar las termitas.

Un día le presté a M. mi destartalada edición de Historias de cronopios y de famas. ¡Ese sí fue un gran día! M. tardó como dos años en devolverlo, pero cuando lo hizo, el libro llegó a mis manos irreconocible: encuadernado en cuero con lomo repujado, y en la tapa se leía el título en suntuosas letras doradas. Jamás volví a encontrar tanta generosidad en el género humano.

Mi amigo, el poeta Leonardo Luzón, tenía una estupenda biblioteca. Pero la suya era bastante excéntrica: cada libro estaba guardado dentro de una bolsita de plástico transparente. Como es de suponer, era particularmente quisquilloso para prestar libros, pero cuando lo hacía, el préstamo incluía la bolsita. ¡Ah, Leonardo, adorable fetichista!

Pero la historia más siniestra pertenece a B., que robaba libros de las bibliotecas municipales. Yo solía ir a su casa a leer, y un día me di cuenta de que muchos de sus libros tenían sellos de bibliotecas municipales. Poco a poco desarrollé una estrategia que me permitió sustraer esos libros sin que B. se diera cuenta. Es decir, comencé a pedírselos prestado. Y le pedí tantos libros prestados, que al cabo de un tiempo me hice de mi propia biblioteca de libros de bibliotecas municipales. Me sentía un Robin Hood de los libros. Un ladrón que roba ladrón… y todas esas idioteces. Esta ha sido la única forma de heroísmo que he experimentado.

12 ene. 2009

1930


Hace varios años, cuando vivía en Madrid, me dio por ir tras la pista de José Antonio Ramos Sucre en Europa, sin duda la etapa más oscura y enigmática en la vida del poeta. Sin yo ser una especialista (ni en Ramos Sucre ni en nada parecido o desaparecido) tuve la disparatada idea de despejar las huellas mejor borradas de nuestro poeta cumanés, y lo primero que se me ocurrió fue escribir al Troppeninstitut de Hamburgo:

Hola, soy profesor del Colegio de Altos Estudios de Cultura y Literatura Venezolanas (mentí), dedicado a la vida y obra del poeta J.A.R.S (mentí otra vez), quien estuvo internado en esa institución en 1930. Cualquier información, por mínima que esta sea, me será de enorme utilidad. Gracias.

Me respondió la jefa del servicio de comunicaciones del Troppeninstitut con una puntualidad germana. Pero sus noticias eran desalentadoras: los archivos del instituto correspondientes a 1930 habían desaparecido en un incendio tras el bombardeo que destruyó buena parte del edificio (y de la ciudad) en 1943.

Tras este tropiezo, intenté ponerme en contacto con alguna persona en Merano (norte de Italia, provincia de Bolzano), el lugar donde Ramos Sucre fue a respirar los aires salutíferos de la montaña, por recomendación expresa de los doctores de Hamburgo. Di con las señas del cronista de aquella ciudad bilingüe (límite entre Italia y Austria), y me presenté como un “Doctor en Lenguas Romances, encargado del área de investigación histórica y literaria de la Universidad Pontificia de Caracas, y líder del proyecto de reconstrucción de la memoria de los poetas latinoamericanos, capítulo Venezuela”.

El cronista (cuyo nombre lamentablemente no recuerdo, pero a quien podemos llamar Enrico, el buen Enrico) se tomó el tiempo, el trabajo, la paciencia y el entusiasmo de rastrear algún vestigio de nuestro bardo cumanés en aquel bucólico pueblito.

¡Albricias! Al cabo de dos semanas llegaron a mi buzón de correo, escaneados, un mapa antiguo de Merano, dos fotos de la época del sanatorio donde Ramos Sucre estuvo internado, la cartilla de médicos que atendía por aquella época, y una lista de los tratamientos que dispensaban a los pacientes que pasaron por allí en 1930. De este último documento se podía inferir qué tipo de tratamiento había recibido el malhadado José Antonio.

No es difícil imaginar que nuestro poeta sufría una depresión extrema, aunque esto nunca se dijo, y yo no soy quién para afirmarlo. Pero pienso que si le hubieran diagnosticado algo parecido a eso, habría recibido una paliza de electroshock, tan común para la época. Por suerte los egregios médicos alemanes equivocaron el diagnóstico, y no fue necesario semejante animalada.

Con todos esos documentos en mis manos, y junto a otros que Enrico prometía enviarme a la brevedad pero que nunca envió, fantaseé con la literaria idea de un Ramos Sucre paciente de Freud, o de Jung, y herví mi cabeza pensando en escribir algo, una especie de La montaña mágica (montañita, más bien) donde el poeta, cual Hans Castorp, echado en las tumbonas del sanatorio (el de Merano, por las fotos, era un verdadero spa de lujo, muy parecido al de la novela de Mann) dialogara con otros enfermos, y sobre todo dijera cosas tan increíbles como las que decía en sus poemas.

Sin embargo, el asunto del género me atormentaba: ¿qué iba escribir? ¿una novela? ¿un cuento? ¿acaso una docu-ficción? (¿existe algo llamado así?) En algún momento tuve la ilusión de tener en mis manos una primicia (eso pensaba en mi tonta cabeza), un tubazo, como dicen los periodistas, y por lo tanto lo más indicado hubiera sido realizar un extenso reportaje que pudiera vender a diversos medios (en aquella época necesitaba vender hasta mis calcetines).

Recuerdo que una vez estuve a punto de pasarme por Merano, incluso cuadré una reunión con Enrico, quien me ofreció alojamiento en su casa. Pero al final no se qué diablos pasó, no tuve tiempo ni dinero, quizás tampoco ganas, y nunca conocí Merano. Y como la realidad suele tener la forma de una inmensa muralla (y muchas veces la de un abismo) no hice absolutamente nada, dejé el tiempo pasar y no escribí ni una línea. Además, a los pocos meses me separé, y tras mi salida de Madrid esos documentos quedaron en un limbo, completamente inaccesibles.

Ahora no tengo nada. Ni fotos escaneadas, ni docu-ficción, ni reportaje. Nada. Ni siquiera el e-mail de Enrico. Sólo me quedan estas desbaratadas anécdotas que, como mucho (aunque no es poco) servirán para tomarme unas birras con mi amigo Rubi Guerra, narrador de raza para quien no fueron necesarias ni fotos escaneadas, ni cartillas médicas, ni remotos tratamientos italianos para escribir su premiada novela La tarea del testigo.


* La tarea del testigo fue Premio de Novela Rufino Blanco Fombona. Se puede leer la reseña (también premiada) de Carolina Lozada acá.

11 ene. 2009

Cinco libros


Dice Eduard Berti en su estupendo blog BERTIGO:

Estoy pidiéndole a diversos escritores y artistas que recomienden cinco libros de ficción a los lectores de este blog y por qué no, de paso, al autor del mismo. No se trata, para nada, de un ránking ni mucho menos de una lista canónica. Se trata, más bien, de cinco libros que repentinamente ellos quieran proponer y compartir con los demás.

Mis cinco libros acá.

9 dic. 2008

Interviú


En nuestro país los premios son vistos con sospecha. ¿A qué creas que se deba esto?

En todas partes ocurre. Además, sospechar es una virtud con la que nacemos en Latinoamérica. Por otra parte, mira todo el malestar (o sospechas) que ha generado Le Clézio después de serle concedido el Nóbel. Precisamente ese premio es el termómetro de los otros. Es decir, la gente hace sus quinielas, opina, desea, postula, inventa, celebra, sospecha… Los premios literarios se han convertido en una pasión deportiva. Pero en fin, y como decía Bioy: “mejor ser premiado que castigado”.

Para leer la entrevista completa pincha acá.

24 nov. 2008

Piojos literarios


Flaubert decía que las erratas eran los piojos de las palabras. Y sí, hay piojos, garrapatas, caníbales, bichos de todo tipo. Yo creo que hace falta despiojizar lo que uno escribe (y también lo que uno lee), pero sospecho de quienes, a la manera flaubertiana, gastan sus días en pulir y dejar limpiecito todo lo que pasa por sus ojos, como si se tratase de un jarrón de porcelana o la sala de una terapia intensiva. Corregir y corregir y corregir. A veces esto me suena a aquel lema de la Guardia Nacional de Venezuela: “Trabajo, trabajo y más trabajo”, y por tanto veo allí un cierto tufillo martirizante y ortopédico, o una excesiva confianza en lo poderes operacionales de la faena. De hecho casi siempre una corrección es una orto-terapia, la aplicación de ciertos dispositivos para que lo que escribimos no nazca ni crezca torcido, o luzca mejor, o sea menos mediocre. Visto así, se trata de una tarea preñada de buenas intenciones. Y por tanto una operación de cirugía reconstructiva, aunque a veces caigamos en el error de aplicar la cirugía estética. Nos ocurre lo mismo con la lectura: si leemos varias veces un mismo libro, comenzaremos a jugar al juego de las sustituciones abusivas y a proponer, en silencio, cambios aquí y allá, como si haciendo eso fuéramos mejores lectores o por lo menos más listos. Y esto de hacerse el listo es algo muy común en la reescritura. Nos hacemos los listos con nosotros mismos y creemos que un momento después (al día siguiente, a la semana, lo que sea) seremos mejores que antes, y podremos hacer mejor las cosas. Es decir, prevalece la ingenua idea de cierto progreso de cubículo, y esto lo anudamos a un sentido cronológico, como si se tratase de una evolución darwiniana o un entrenamiento olímpico. Mañana lo haré mejor que hoy. ¿A cuenta de qué este optimismo? Bien podría ser al revés, ¿o no? En lo particular toda idea de futuro la encuentro más bien errática. Mañana siempre es una pregunta, pero con frecuencia es una decepción. Y convengamos que mañana uno no será mejor ni peor, sino distinto, leve o drásticamente distinto, según los acontecimientos que nos toquen. Y a ese otro yo distinto, que lee o escribe al día siguiente, le atribuimos una sabiduría superior que al que se le ocurrió la primera y torpe idea. “Un borrador”, lo llamamos con displicencia, cuando la verdad es que el dichoso “borrador” suele ser el punto de salida y de llegada de todo. El bruto y torpe Todo. En tiempos en que el minimalismo aún invade nuestras retinas, la limpieza y la higiene secuestraron el buen gusto. Debemos cuidarnos de esta estética Bonsái-Feng Shui, que quizás sea el camino de un prístino nirvana pero no el de la literatura, ni de sus emociones tantas veces sucias. Los hay flaubertianos, que creen a pie juntillas en las virtudes salutíferas de la corrección, incluso de la orgiástica corrección perpetua, y los hay deslavazados, inspirados y negligentes que creen en la supersticiosa ética de la espontaneidad, que es como el mal de Chagas de la literatura. Por supuesto, tampoco abogo por un punto medio (aborrezco los puntos medios) pero habría que buscar una fórmula lo suficientemente justa que nos permita despiojizar lo que hacemos sin necesidad de desinfectar el territorio.

Propongo este lema: "Corregir, corregir, corregir, pero sin la menor esperanza".

15 nov. 2008

Papas


Hace calor. Mucho calor. Yo diría que demasiado calor ¿Existirá una temperatura adecuada para escribir? Ahora, en este mismo instante, siento que todo se empegosta, se achicharra, se estruja. La vida misma se convierte en una plancha caliente de zinc (¿podría ser otra cosa?) Y mis pensamientos son una nubecilla viscosa que se mezcla en la vibración de la tarde junto con los mosquitos que ya comienzan a llegar. Además, uno escribe con el cuerpo, solía decir Alfredo Silva Estrada, secundado por su esposa la bailarina Sonia Sanoja. Y el cuerpo, este cuerpo, más específicamente estas atribuladas posaderas, estos sobacos orgullosos, este cuello doblegado, en fin, todo esto, está ahora acoplado a una silla, con los poros dramáticamente abiertos, frente a una mesa, mirando una pantalla.

Por alguna razón que no puedo explicarme nos han vendido (y hemos comprado) la idea de un escritor metido en un cuartucho, un ático sofocante, una Chambre de bonne. Un tipo medio sucio, medio loco, abstraído del mundo, concentrado en sus letras y por supuesto pasando hambre pero sobre todo pasando frío (afuera, tras el cristal de su ventanuco se ven caer los blancos copos, una cortina de copos que parece reforzar el blanco más blanco de su página en blanco… en fin). La imagen no es del todo desacertada, pero tampoco suficiente. Alguien, no sé quién o quiénes, ha querido convencernos de que el invierno, el crudo invierno, es la época del recogimiento y de la exploración de nuestro mundo interior. Podemos estar de acuerdo con lo del recogimiento, pero no en cuanto a lo del mundo interior. Yo estoy seguro de que uno accede más y mejor al mundo interior propio cuando tiene el cuerpo bañado en sudor y no mientras tirita de frío.

Todo esto lo comento debido a que, desde hace algunos años, he descubierto que los cambios climáticos afectan mis proyectos. No fue fácil llegar a esta conclusión, pues no me dedico ni a la agricultura ni a la jardinería, aunque a veces lo parezca, ojo. De modo que tras largos años de inconciencia individual, de vida irrazonable, de espejo empañado, he podido darme cuenta de esto: en invierno leo, en verano escribo.

Aunque habría que matizar: en invierno leo acostado y en verano leo sentado. En invierno escribo artículos, en verano escribo otras cosas. Como ven, todavía no lo tengo muy claro, pero ahí vamos, trabajando en eso. De lo que sí estoy convencido es de lo siguiente: el sudor está íntimamente ligado a esta descabellada tarea de acumulación y selección de fantasmas. Se equivocan aquellos que piensan que, por uno estar sentado todo el día, no suda ni una gota. El vulgo, siempre el maldito vulgo, lo ve a uno frente a la pantalla y cree que uno está contemplando ángeles o mirando el viento pasar. Pues no. Ya lo djo el poeta: “sin sudor no hay rima”. Y el narrador: “sin violín no hay orquesta”.

Ayer, cuando fui a la verdulería y compré papas, advertí que de la piel de las papas nacían diminutas raicillas. Pero las papas no estaban podridas. Después de palparlas me di cuenta de que estaban firmes, saludables y apetitosas. El verdulero, al verme toqueteándolas, me dijo: “sólo se han brotado por el calor”. Y bueno, que así sea, pensé cuando llegué a casa y me senté de nuevo a tabajar. Que brote --sabiduría de verdulero-- algo en este sofocante verano anticipado, que algo venga aparejado (y no podrido) a este bochornoso calor porteño. Así sea la sucia y misericordiosa raíz de una papa andina; o una pelusita, un poco de espuma, un diminuto simulacro en forma de palabras, no sé, algo que justifique estos interminables días que se empegostan, se achicharran y se estrujan.

13 nov. 2008

Agradecimientos


Hago un alto en este blog para agradecer públicamente a los organizadores de la Bienal de novela Adriano González León 2008. Estos son: el Pen Club de Venezuela (muy especialmente a Edda Armas), el grupo de empresas Econoinvest (Herman Sifontes) y a la Editorial Norma (César García, Vladimir Mujica, Elsa Rivas) Los primeros, por llevar a cabo la organización de todo, los segundos por el patrocinio, y a Norma por el compromiso en editar mi novela.

Por supuesto quiero agradecer de manera muy especial al jurado calificador conformado por Michaelle Ascensio, Oscar Collazos, Ariel Magnus, Rafael Castillo Zapata y Alberto Barrera Tyszka, por confiar en Bajo tierra y contribuir para que la novela se haya llevado el premio.

Pero la lista de agradecimientos debería comenzar por Pía Bouzas, escritora, esposa, cómplice, que fue la primera en leer el manuscrito y hacer observaciones, como siempre, fundamentales. También a mi hermana Sonia, quien leyó el manuscrito acá en Buenos Aires y cuya lectura fue tremendamente estimulante. Y por último al poeta, profesor y amigo Niall Binns quien, con su habitual antena detectora de fallas, erratas y aciertos (cuando los hay), consiguió limpiar bastante la novela y hacer excelentes sugerencias.

Además debo agradecer a Antonio López Ortega y Gustavo Guerrero. Al primero por sus cálidas palabras de apoyo, por su confianza en mi trabajo; y al segundo por la reciente lectura de Bajo tierra, por su acompañamiento y sus utilísimos comentarios.

No puedo dejar de mencionar a mi hermano Carlos, quien se tomó el trabajo de imprimir las cinco copias de la novela (más de mil páginas), encuadernarlas y llevarlas personalmente a la dirección que las bases del concurso indicaban. Sin él, esta historia sería otra. Y al resto de mi familia, mi madre y mis hermanos, que siempre está ahí apoyando, haciendo barra, y a veces haciendo la ola.

Por último debo decir que Bajo tierra es, entre otras cosas, una búsqueda simbólica del padre. Y esta búsqueda no hubiese sido posible de yo no haber vivido la experiencia de la paternidad.

A mi hijo Manuel va dedicada la novela y espero que, cuando pueda y quiera leerla, le guste.

Gracias a todos.


*En la foto, Adriano González León.