14 ago. 2009

Revelación de la servilleta

Madrid. Para poder escribir una novela me instalé en una pensión. Yo la llamaba la pensión Galileo, pues todo giraba a su alrededor. Allí vivían, entre otros individuos, un fotógrafo porno de Guayaquil, y un sin fin de estudiantes latinoamericanos; estudiantes latinoamericanos hay hasta debajo de las alfombras. En la entrada estaba Mario, el portero, un militante del Partido Comunista que mascullaba consignas con un puro imantado a su boca.

Un día de invierno seco y estepario, se rompió la calefacción. A mi habitación llegó una cuadrilla de obreros integrada por Beto, el capataz asturiano, y un tipo de Lituania que no hablaba español y que respondía al nombre de Vasili. Trajeron picos, palas, bolsas para escombros, mandarrias. La relación entre ambos era, digamos, ortodoxa: Beto ordenaba, y Vasili, con cara de mujik imperturbable, obedecía. El asturiano localizó la línea del zócalo, y mientras señalaba a un punto imaginario, dijo:

-¡Aquí, Vasili, rompe! Y Vasili, que era fuerte como un oso, descargó un mandarriazo.

-¡Allá, Vasili, rompe! Y el lituano multiplicó los boquetes.

Al cabo de una hora mi habitación era una ruina. La fuga de aire, de gas, de agua caliente, nunca supe de qué, jamás la encontraron. Beto y Vasili se fueron y yo me quedé escribiendo. Sentado en mi mesita redonda, frente a la computadora, con dramatismo me dije a mí mismo:

--Jamás podré escribir la puta novela.

Ese era mi lugar. El lugar del escritor. Frente a la mesita redonda, tiritando de frío, mirando los boquetes de Vasili. Tras unos minutos en blanco, apagué la máquina y me entretuve leyendo el “Poema sobre el desastre de Lisboa” de Voltaire.

Cambié de habitación. Me dieron una interna, cuya ventana daba a los departamentos posteriores del edificio. Allí instalé mi mesita, mi computadora y ordené mis libros.

Un día, mientras estaba tecleando, observé en el departamento de enfrente movimientos sospechosos. Eché mano de mis binóculos y quedé petrificado al ver aquello: era el fotógrafo porno de Guayaquil. La ventana de mi habitación daba justo al estudio del profesional ecuatoriano.

Ahorraré los detalles de este perturbador descubrimiento. Sólo diré que fueron días de gran sequía intelectual, y no pude más que garabatear algunas líneas, todas desechables. Acarreé una especie de estopa mental de la que me fue imposible sustraerme. Previendo una sequía demasiado prolongada, pedí cambio de habitación, y para ello hablé con Mario, el de la portería.

Mario me indicó que debía hablar con Lucía, y Lucía me dijo que mejor hablara con Francisco, quien me obligó a llenar un formulario. Cuando le entregué el formulario, Francisco me dijo que no había habitaciones disponibles. Y como mis economías eran precarias, opté por compartir con unos venezolanos.

El grupo de venezolanos estaba integrado por tres buscavidas que trabajaban como relaciones públicas en las discotecas de Madrid. Su jornada laboral comenzaba a las doce de las noche y terminaba a las diez de la mañana. Perfecto para mis hábitos literarios, pensé, pues podía escribir todo el día, mientras los RRPP descansaban. Y así fue. Pero apenas se paraban de la cama, mi jornada concluía. Ponían La Oreja de Van Gogh a todo volumen, e iniciaban la preparación de su única comida diaria: espaguetis con atún.

Pronto me largué de allí, y fui a parar al piso de un Cordobés que adoraba al presidente Chávez. Pero más que a Chávez adoraba a una blonda alemana que compartía el piso con él. Por alguna razón que yo jamás comprendí, el cordobés pensó que yo cortejaba a la blonda alemana. Y entre sus vivas a Chávez y sus celos imaginarios, juzgué conveniente marcharme antes de desencadenar otro Cordobazo.

Salí arrastrando mi valija, mi computadora, mis libros, a lo largo de un Madrid nocturno, que ahora me era hostil.

Mientras caminaba pensé en lo desdichado que era, en el destino que me había tocado, y en cómo diablos iba a hacer para encontrar un lugar tranquilo, no digo un estudio con biblioteca y perro fiel, sino simplemente un lugar donde poder escribir.

Pernocté en un hotelucho en Moncloa, cuyas sábanas (y también su dueño) apestaban a naftalina. No recuerdo cuál de las pesadillas que tuve fue más espeluznante: si la del avión en llamas, o la del escritor fracasado. Al día siguiente, salté de la cama, y sin apenas probar el desayuno, me fui ir a Barajas para subirme a un avión rumbo a Buenos Aires.

Mi llegada a Buenos Aires coincidió con el corralito. Como había abierto una pequeña cuenta bancaria, tuve enormes inconvenientes para usar mi propio dinero. A mi precaria economía se sumaba ahora la precariedad argentina. Pronto me convertí en escritor fantasma, convencido de que de esa forma podía encontrar algo más de dinero, y con ello un domicilio menos transitorio. Escribí acerca de la aristocracia europea, concretamente sobre el aporte de las marquesas y condesas; escribí acerca de la diabetes en adultos mayores; y también sobre política --un diputado contrató mis servicios, meses antes de una campaña electoral.

No me fue mal. Pero pronto advertí que a un escritor fantasma nadie lo ve, y si nadie lo ve, nadie lo encuentra. Y si nadie lo encuentra, no existe. Y por aquella época yo necesitaba existir, pero sobre todo necesitaba un domicilio, un lugar donde estar, un lugar para escribir.

Arrendé un estupendo espacio en el barrio de Villa Crespo con el firme propósito de concluir mi novela. Me encerré a cal y canto y sólo salía al banco a sacar mi ración de pesos que el corralito me permitía, y también al almacén de los chinos a comprar enlatados, café y carne.

Compré una mesa de saldo, encima puse la computadora, y la coloqué frente a la ventana. Tras la ventana había un árbol; tras el árbol, otro edificio. Justo allí, paraba el colectivo de la línea 19, y cada diez minutos se escuchaba el frenazo, el abrir y cerrar de las puertas batientes y el rugir escandaloso del motor a diesel. Con amargura advertí que el barrio no era lo que yo esperaba. Además del colectivo, deambulaba una pandilla de fieritas, unos veinte jóvenes desocupados que se reunían a fumar marihuana y darse puñetazos. En sus ratos libres tomaban sol en la acera de enfrente. Traían sus toallas, las extendían en la acera y untaban sus cuerpos con aceite de coco.

Recordé a Séneca. Vivió toda su vida encima de unos baños romanos y tuvo que soportar estoicamente el ruido, las risotadas, la peleas de los clientes mientras trataba de escribir y pensar. En algún momento quiso mudarse, pero recapacitó: ¿De que sirve --se dijo a sí mismo— salir, irme a otra parte, si adonde vaya siempre llevaré el mismo equipaje?

Un día los fieritas dispusieron un bullicioso sarao matutino. Yo, para mantener mi equilibrio mental, decidí irme a la Biblioteca. Subí a la sala de lectura y conseguí un lugar idóneo para trabajar: había tomacorrientes debajo de la mesa para enchufar la computadora, y tenía el Río de la Plata frente a mí. Las palabras me picaban en los dedos y rápidamente retomé la escritura. Escribí dos, hasta tres párrafos bastante potables. En ese momento sentí un gran alivio, como cuando uno alcanza el mingitorio antes del desastre. Atribuí esta inspiración (o evacuación) a la vista del río, al aire acondicionado y al sillón confortable. Así estuve unos minutos, sumergido en el opio de mis propias palabras hasta que, a eso de las once, escuché una alarma estentórea, y vi luces rojas titilando por todas partes. Un vigilante apareció como un vendaval y me exigió salir de inmediato. Todos los que estábamos allí juntamos nuestras cosas y corrimos velozmente hacia las escaleras, donde ya se sentía el olor del humo. No referiré la histeria propia de estas ocaciones, los traspiés, los gritos, el nerviosismo. Por instantes me sentí un intelectual copto huyendo del incendio de Alejandría. Pero corrí con suerte. Al cabo de unos minutos había hecho pie en la planta baja y pude salir indemne para observar la acción de los bomberos. El incendio se había producido en el área administrativa, y no alcanzó a devorar un solo libro.

Al salir de la biblioteca me detuve en un bar a meditar acerca de mi destino. Me sentía una ceniza arrojada, un microbio que el planeta rechaza. Pedí una cerveza y me la tomé en dos tragos. Pedí otra. A través de la ventana miré a la gente pasar. La mayoría eran turistas. De pronto, como si hubiese sufrido un pico de presión, me volvieron las ganas de escribir (atributo de las cervezas, sin duda) y en una servilleta emborroné un poema. Por supuesto, este no podía ser otro que el “Poema sobre el desastre de Lisboa” de Voltaire, pero en su versión tropicalizada y miniatura.

Entonces tuve esta revelación: la servilleta es el mejor amigo del escritor. Ella tiene algo que el papel o la pantalla no tienen: sentido de la oportunidad. Siempre hay una servilleta a mano para albergar una idea, una ráfaga, una angustia. Pero hay un inconveniente: la servilleta está destinada a ir a la basura. Se me ocurrió entonces hacer una antología de textos escritos en servilletas, como una forma de justicia y reparación literaria. Imaginé este título: “Escritura volátil: literatura sin equipaje”. El libro contaría con una hipótesis sencilla (y esta fue la segunda revelación): El lugar del escritor está en una servilleta. Que no es otra cosa que decir: el lugar del escritor es materia desechable. Porque el problema de todo escritor no es el lugar que ocupa, sino el tiempo, que dicho sea de paso es breve, anacrónico, y muy mal pagado.

13 comentarios:

LL dijo...

Espectacular!

...Sí, las servilletas son una maravilla!

Y la novela, la terminaste?

Dónde?

Gustavo Valle dijo...

Gracias, LL.
Y bueno, para responder a tu pregunta: la novela no la terminé, terminó conmigo, pero sobreviví para contarlo.
Un abrazo
G.

Gabriel Payares dijo...

Chamo, este texto me encantó cuando lo leíste en la bienal. Excelente desde todo punto de vista.
¡Un saludo desde acá!

Carolina dijo...

Chamo Gustavo, estoy de acuerdo con el chamo Gabriel: las servilletas sirvieron para un muy buen texto.
Ahora ya no uso las servilletas para limpiarme las lágrimas ni los mocos porque me acuerdo de Gustavo, entonces las guardo.

Samuel González dijo...

Ajá, una idea para un negocio!

Ya podremos crear las resmas de 500 servilletas, incluso con diferentes texturas (para un fax, para la impresora), de manera que sustituyamos al frío, largo y antipático papel bond, que tanto dolores de cabeza le ha traído al escritor desde que existe... Ya no podrá hablarse de "el terror de la página en blanco"... Simplemente la persona no dirá nada, como tú, apenas cogerá una servilleta con el automatismo de llevarla a la boca, o de mirarla, y con naturalidad le saldrá lo que iba a escribrir...

Ah, magias del capitalismo!

J. L. Maldonado dijo...

Saludos Gustavo y gracias por tus comentarios. Supuse que había más de dos obras traducidas al español de Kureishi. La lista de lectura siempre crece nunca lo contrario. Va un abrazo y luego leo con calma tu texto.

Gustavo Valle dijo...

Payares: gracias, mi pana.
¡Mérida, ah, Merida!

Carolina: cuando me hagan falta serviletas, no acudiré al papiro del papel toilette, sino a tu futura bodega servilleteril.

Samuel: a pesar de que no cuento con recuersos financieros para invertir en tu existosa empresa, sabes que cuentas con todo mi apoyo logístico.

Jason: un abrazo paquistaní.

Luis Moreno Villamediana dijo...

Gustavo:

Quizá algo quiera decir el hecho de que recuerde al leerte lo que nuestro admirado Rossi dijera de Eugenio Montale: que sus páginas “reflejan la concentración de su prosa y el gusto por una cierta épica cotidiana que él mismo había celebrado en Italo Svevo” (Manual del distraído, edición criolla, p. 108). O lo que Rossi escribió sobre su propio libro: “sin planes, sin pretensiones cósmicas, con amor al detalle (p. XV). No sé… Ah, y con humor puesto al día, muy tuyo. No sé…

Un abrazo.

GEORGIA dijo...

iMPELABLE ESTE TEXTO PARA QUIEN DESEE ELABORAR UNA "CRÓNICA DEL ESCRIBIDOR PORTATIL" ( Copyright en reserva, jajaj) , ME ENCANTÓ LA LECTURA EN LA PEDREGOSA, Y LEERLA ES CONSEGUIR INTERSTICIOS INESPERADOS EN ESE RELATO DE LA TRASHUMANCIA COTIDIANA
GRACIAS POR TU ESCRITURA, DIOS LE PAGUE COM SE DICE EN LOS ANDES
Cordialmente

Georgina

Gustavo Valle dijo...

Luis: mil gracias.
Y claro, Svevo, ah, La conciencia de Zeno! Recuerdo que me leí La conciencia en la Colonia Tovar, aburridísmo de comer salchichas con repollo agrio, en una silla extensible frente a una piscina sin agua. Una estampa decandente, lo sé. Tras ello me quedaron unas irreprimibles ganas de fumarme un Belmont. ¡Qué grande Svevo!

Georgina: gracias por tus palabras. Y en cuanto a dios, ya no sé muy bien cómo va la cuenta del debe y el haber entre nosotros dos; lo que sí sé es que cuando me paga, sus cheques llegan posdatados.

Saludos.

Juan dijo...

salud bro,que nunca falte una birra y seneca frepy

María Antonieta Arnal dijo...

Bueno el relato. Sigue escribiendo en tu blog. Ya me hacía falta.

Miroslav dijo...

Y un aplauso a la Revista Ñ, que
ayer sábado 3 de octubre de 2009 ha
reproducido este ártículo.
Todo un acontecimiento para la larga historia de la servilleta,
aditamento inventado por Leonardo da Vinci para reemplazar al conejo atado a la mesa donde los comensales del Renacimiento se podían limpiar sus manos engrasadas con los perniles y otras viandas pantagruélicas.