22 nov. 2009

Viejos amigos

Tengo una progresiva tendencia a hacerme de amigos octogenarios. Adoro comer, charlar y beber con hombres y mujeres que superan ese magnífico umbral. Yo me siento cómodo en su compañía, como si entre ellos y yo colgara un puente de sangre, una soga que nos une de manera metafísica.

He pensado en la razón de esto, y acá van mis conclusiones. La primera es que el trato con coetáneos se me hace cada vez más cuesta arriba. Alternar con ellos es como mirarme al espejo, y esa práctica se viene complicando a medida que pasan los días. Además, cuando uno llega a la mediana edad, se encuentra en un espantoso punto equidistante, donde no se es ni joven, ni viejo, ni niño, ni anciano, ni un coño. ¿Qué diablos soy?, me pregunto con el mismo gesto de Janet Leigh en Psicosis.

Los ancianos me fascinan porque, al llegar a esa cumbre de la edad, el ser humano o se hunde o se libera (o le ocurre las dos cosas juntas), que son dos formas, al fin y al cabo, de asumir la vida en toda su intensidad.

He leído en el diario Clarín la noticia acerca de la carrera de los 373 años, donde Efraín Wachs (91), Lorenzo Escobar (95), Manuel Rajas (95) y Andrés Costilla (93) disputaron una prueba de 4×100 metros en la Plaza Independencia de Tucumán. Estos nonagenarios se calzaron sus Nikes y echaron a correr como Usain Bolt. Wachs, el promotor de este ingenio, oro olímpico en los torneos internacionales de atletismo para veteranos, se inició en el atletismo con algo de demora, ¡a los setenta años!, luego de una exitosa carrera como ajedrecista.

Admiro a estos viejos colosales, semidioses de la vida, auténticos campeones contra la muerte. Además me entretienen sus extravagantes performances, y me hacen pensar que yo, a esa edad (y con seguridad mucho antes) mereceré el reino, no de los cielos, tampoco de los infiernos, pero algún reino, pienso yo, mereceré.

Los ancianos hacen el viaje de vuelta, y desde la ventanilla de su vehículo se ríen de este mundo. Practican el sarcasmo y la ironía, libres de todo compromiso. Como no tienen nada que perder (todo es ganancia para ellos) le cobran a la vida su revancha. Quizás no sean más ágiles pero sí más libres, y toda su chochera de opinólogos intransigentes, de ciudadanos irritables, no es más que un ejercicio de albedrío donde desestiman las estructuras de la vida, incluso las rechazan, para imponer las propias. Por eso detrás de todo viejo aparentemente loco, suele haber un viejo aparentemente sabio.

Hace poco fui a ver Minetti de Thomas Bernhard, la estupenda obra en la que actúa Juan Carlos Gené. Minetti es un anciano y fracasado actor de teatro en busca de un último papel como Rey Lear. A sus ochenta años, Gené asumió este papel trágico, y su personaje brilla como un sol negro. Es el brillo que no destella sino que se absorbe a sí mismo, un brillo que hace implosión en el fondo de nosotros. Porque los ancianos tienen eso: las cosas que hacen o dejan de hacer van directo a nuestra memoria más remota.

Ahora que la juventud es una tiranía y sus gestos se imponen de manera bastante obscena (basta observar los ritos de cierta música pop y sus subproductos), los ancianos son una nueva contracultura, nuestros actuales beatniks, o sea, los verdaderos iconoclastas de la posmodernidad, si es que aún podemos llamar así a los escurridizos días en que vivimos. Quiero decir: ante la velocidad del zapping y el video clip, proponen un elogio de la lentitud; ante el entusiasmo adolescente, ofrecen un estilo cascarrabias.

Justo cuando la expectativa de vida es más alta que nunca, la juventud impera en todos los rincones. Por supuesto hay viejos que, a contrapelo de sus años, se empeñan en practicar las mañas de ayer con el cuerpo de hoy. Esto, que no lo critico, a veces se manifiesta en forma de sainete (rinoplastias, blefaroplastias, etc.) haciendo que algunos de ellos se conviertan en la farsa de sí mismos.

Por suerte mis amigos ancianos le temen al quirófano, y antes que mutilarse para verse bellos, resguardan con celo lo poco que tienen. Además, soy de los que piensa que la mayoría de los mal llamados viejos verdes, no son sino adultos mayores con deseo. Y donde hay deseo hay vida; y donde hay vida hay amistad.

“Lo más voluptuoso que hay en todo placer se guarda para el final”, dijo el viejo Séneca en un texto titulado Ventajas de la vejez. Y en esto estoy completamente de acuerdo, pues la bandera a cuadros de un Gran Prix es la etapa más electrizante, y el último trago de nuestro whisky es el que más disfrutamos. Pero para que el final de una vida sea voluptuoso, o cuando menos satisfactorio, este debe venir con seguro médico y pensión. De no existir estas dos condiciones, todo lo dicho en estos párrafos se convertiría, de manera inmediata, en un asunto juvenil.

Publicado en: http://prodavinci.com/category/lecturas/cronicas-portenas/

En la foto: Juan Carlos Gené como Minetti

2 comentarios:

María Antonieta Arnal dijo...

La verdad, si tienen su cabeza bien es muy agradable compartir con las personas de la tercera edad, pero si su cabeza no está bien, es muy triste y hay que tener mucha paciencia y amor con ellos.

Gustavo Valle dijo...

Tienes toda la razón, María Antonieta.