21 sept. 2008

De la descomposición


Hace varios años atrás hice unos collages para ilustrar un libro que nunca concluí. Jamás en la vida me había puesto a hacer collages; nunca fui bueno ni para el dibujo ni para la pintura y siempre envidié a mi hermano que, con apenas dos trazos, conseguía hacer un retrato. Pero el dichoso librito, por siempre inconcluso, me exigió en aquel momento algo más que palabras (y este, sin duda, fue el principio de su fin).

Puse manos a la obra: comencé a vagabundear por el barrio en busca de cualquier porquería que llamara mi atención. Escarbé en los basureros, me metí en los terrenos baldíos, incursioné en edificaciones demolidas, me sentí todo un artista trash dispuesto a rescatar algo de las ruinas de la historia. Pero nunca supe qué hacer con todo eso. Era demasiado para mí. Y al final terminé comprando cualquier clase de chucherías (plastiquitos, imperdibles, hebillitas, muñecos, etc.) en almacenes chinos a precio de saldo.

Junto con todo este tesoro, me senté en la mesa del comedor de casa, y con tijeras, goma de pegar y poco más, empecé a hacer mis collages. Lo primero que me gustó fue sentir las diferentes texturas del papel, de la tela, de la madera, el plano sobre plano, y la unión de cosas completamente diferentes. Recuerdo que junté a una regla colegial la fotografía de un torso desnudo, y a las líneas férreas de un tren que había recortado de una revista le sobrepuse la foto de un cadáver sacado de una página de Crónica.

El asunto no iba mal, pero se convirtió en una verdadera obsesión. Durante casi dos meses no escribí nada, no salí, ignoré a mi novia, no asistí a clases (estudiaba en aquel entonces) casi no leí, solamente tenía cabeza para los malditos collages. Después de toda una vida utilizando mis manos sólo para sujetar un tenedor y un cuchillo, pisar las teclas de una computadora, o para otros usos menos decorosos, sentí que de pronto esas manos despertaban a algo nuevo. ¡Una manera distinta de vincularme con el mundo! Aunque en realidad el asunto no era tan nuevo como yo pensaba, pues no había mucha diferencia entre hacer eso y escribir unas líneas.

Es decir, al juntar objetos residuales, al decidir por este recorte y no por otro, al seleccionar colores, al inclinar una figura en la cartulina, o hacer una mancha de tinta sobre una esquina del papel, estaba haciendo algo que yo más o menos conocía: estaba componiendo. O más bien descomponiendo. Porque es un mito eso de la composición. Componer es una gran mentira que se la ha creído todo el mundo. Las cosas están por naturaleza “compuestas”, y entonces uno viene y las descompone, las desarregla, las hace estallar en mil pedazos.

La diferencia entre hacer el collage y escribir estaba (o por lo menos así lo vi en aquel momento) en que las palabras eran remplazadas por otras cosas, quizás más tangibles, quizás menos ambiguas. Pero incluso esta diferencia era bastante sutil, pues al fin y al cabo las palabras se parecen mucho (y a veces pueden sustituir) a los objetos encontrados en el fondo de un basurero, a un recorte de prensa amarillento, o a un engrudo de goma de pegar Elefante.

Lo cierto es que aquellos collages los recuerdo con gran cariño. Los recuerdo especialmente cuando me siento junto a mi hijo a pintar con acuarelas o marcadores, a pegar recortes de revistas encima de cartulinas modificadas. Y también los recuerdo como un viejo y efímero amor, esos que de pronto se interrumpen sin motivo alguno y nos dejan como balbuciando.

No los conservo conmigo. Desde hace años están dentro de unas cajas a miles de kilómetros de distancia. Quiero creer que todavía se encuentran en ese depósito donde los dejé, en el sótano de un viejo edificio de Madrid. A lo mejor estarán decorando las tinieblas de esa oscura guarida, o más bien desintegrándose, descomponiéndose. Perdón, componiéndose, para volver nuevamente a su estado natural.


* El collage que ilustra este post forma parte de la muestra que John Ashbery, el poeta, mantiene actualmente en la Tibor de Nagy Gallery de Nueva York.

6 comentarios:

Fedosy Santaella dijo...

Maestro, quizás deberíamos hacer un movimiento: El de la literatura "collage". Collage de Sin City, con Moebuis, con Goodfellas, con Balzac y con Cervantes. Literatura "collage". Así le damos algo de qué hablar a los estudiosos de los estudios estudiados de la literatura estudiosa.

mharía vázquez benarroch dijo...

un blog el tuyo como las ruinas circulares de borges, lleno de laberintos y de puertas que se abren a otras dimensiones...seguiré pasando.

María Antonieta Arnal dijo...

Me encanta cuando escribes así. Es muy cálido y se nota el amor que sientes por tu hijo.

Gustavo Valle dijo...

-Fedosy,
hay una por ahí que llaman la lietratura de colágeno, esa es increíble.

-Mharía,
espero que este rincón sea un poco más circular un poco menos ruinoso. Gracias por la visita.

-María Antonieta: me alegra que te guste cuando escribo así, y no asá.
Saludos.

Natasha Tiniacos dijo...

Gustavo:

Sería lindo ver una novela gráfica ilustrada con la técnica del "collage". Por cierto, Fedosy acierta con su idea, pues por fin la academia se muestra interesada en el estudio de las novelas gráficas.

Paz,

N

Gustavo Valle dijo...

-Natasha,
sí, una novela narrada con collages, sería como hacer cine pero mucho más barato, sin efecto dolby. Yo por lo pronto voy montando mi fábrica de tijeras y gomar de pegar.
Paz?
Sí, obvio: Paz.