10 sept. 2008

La vitalidad deficiente, o el síndrome Balzac


Conozco a un tipo que, tras haber publicado un libro de relatos fantásticos, quiso convencer a sus lectores de que había sustraído horas y horas de sueño para escribirlo. Decía que su jornada comenzaba temprano en la mañana, y luego, en la noche, tras un extenuante día de trabajo, quemaba sus pestañas frente a la computadora, hasta la madrugada.

Un día le pregunté:

-¿Y usted cuándo duerme, señor?

–Dormir es un lujo que no puedo darme –dijo-. Y se alejó cargando con una joroba de proyectos literarios.

Yo quisiera saber si un buen libro (o librito, aunque sea) se puede escribir sin estar bien descansado y bien desayunado. Y también quisiera saber hasta cuándo habrá en este mundo escritores que ostentan su abatimiento y sus desmaquilladas ojeras, como un trofeo ganado al trabajo.

Quizás lo que está detrás de estas demostraciones, sea el hecho de que todo escritor siente que la gente lo trata como a un miserable vago, que la sociedad entera lo considera un parásito apestoso, y que, a pesar de sus desvelos, con su talento no consigue más que un puñado de viáticos.

No critico al escritor profesional, ése que se gana la vida vendiendo su palabras al mejor postor. Roberto Arlt es un buen ejemplo de esto. Los verdaderos escritores profesionales no se andan con esos alardes. Yo jamás le he oído decir a Vargas Llosa lo trabajador que es, lo aplicado que es. Y si hay un escritor trabajador y aplicado ese es el peruano.

Balzac --Titán de las letras-- nuncá se jactó de ser un escritor industrioso, y eso que escribía más de quince horas al día, bajo el amparo de cincuenta tazas de café negro. Su proyecto literario incluía 137 novelas, pero apenas alcanzó a escribir una tercera parte (que ya es una cifra escandalosa).

Creo que esto está vinculado con aquella vieja superstición que valora el número de páginas y su peso en kilogramos. Suelo escuchar cierto tonito sardónico cuando se juzga a un escritor por la brevedad de su obra, y hay quienes se lamentan de esa brevedad, como las abuelas se lamentan del nacimiento de un varón chiquitico y con bajo peso.

Pero lo peor es que este asunto de la brevedad, la vinculan algunos con la capacidad de trabajo, y asocian esta capacidad, supuestamente débil, con la debilidad por el alcohol (que suele ser más o menos frecuente en los escritores, pero también en los cirujanos y magistrados), o con la frecuencia con que éste se masturba, o con su tendencia a tomar antidepresivos, o con cualquier otro asunto de orden más bien íntimo que público.

De niño siempre odié a quienes se sentaban en la primera fila de clase. Ese entusiasmo imberbe, todavía hoy, me es deplorable. Me parecía que aquellos chicos enardecidos le quitaban lustre a eso que la educación debe tener: entereza, estoicismo. Y creo que esa actitud, nacida en la más tierna infancia, es el germen de lo que yo llamo el síndrome Balzac, y que puede extrapolarse a todo profesional que sueñe con un Parnaso hecho a su medida.

Entre las muchas carestías de quienes sufren este síndrome está la del reconocimiento social. Se trata de individuos que exigen que la sociedad los acepte, pero no como un miembro más, sino como un miembro ilustrado. Últimamente he escuchado estos reclamos y reivindicaciones gremiales, y me ha dado urticaria en la vesícula. No porque no crea en el esfuerzo, ni en un seguro de hospitalización, cirugía y maternidad para los escritores, sino porque la imagen del escritor extenuado, padeciendo la doble jornada laboral, me resulta un chantaje y también una sensiblería.

Stevenson decía:
mostrar una excesiva diligencia, ya en la escuela o en la universidad, en la iglesia o en el comercio, es un síntoma de vitalidad deficiente; y cierta facultad para la vagancia implica un universal apetito y un fuerte sentido de la identidad personal.


Creo que esto calza perfectamente para los escritores, aunque más por lo del apetito que por lo de la identidad personal, que ya la tienen, y de sobra.

7 comentarios:

María Antonieta Arnal dijo...

Está muy bueno tu artículo. Se puede aplicar a otras áreas de la cultura y pienso tiene relación con lo último que escribió José Urriola en su blog. Lamentablemente, vivimos en una sociedad que le da más valor a la cantidad y no a la calidad.

Icen dijo...

mitos y motómanos; así es este mundillo sobresaltado, pretencioso y de poco ingenio, todos parecen bailarines de Cúpira. Celebro tus cuatreros Gustavo.

Un gran abrazo.

Anónimo dijo...

Supongo que al síndrome Balzac se le puede aplicar el cuento de Monterroso "Fecundidad". Claro, que hace poco se descubrió que el guatemalteco tenía decenas de cuadernos escritos en su secreto baúl pessoano; y no creo que nadie le haya oído quejarse.
Saludos, Gustavo. Larga vida a los Cuatreros.

Gustavo Valle dijo...

-María Antonieta,
el síndrome Balzac arrasa con todo.

-Israel,
los bailarines de Cúpira! Eso si está bueno.
Abrazo

-Anónimo,
Monterroso vendría a ser el antídoto, no?
Gracias.

Karina Pugh Briceño dijo...

Una delicia de post.

Siempre pensé que mi tendencia a la comodidad y a la buena vida era uno de mis mejores atributos (lo pensaba secretamente) y que esa aura de trabajólicos que encuentro en mis colegas cocineros y en otras personas era sospechosa.

García Márquez (que escribió Cien Años con el estómago pegado al espinazo) dice que escribe encantado de la vida bien desayunado, con una flor amarilla en su escritorio y la paz de un lugar seguro y fresco, sin tormentos ni angustias económicas.

Julio dijo...

Excelente reflexión. Por supuesto esto me recuerda a muchos amigos escritores, que toman el camino del sacrificio y el tormento para escribir. Vitalidad deficiente que buen concepto. Pudiera aplicarse a los políticos que no tienen vacaciones. Lo que revela tu artículo es que no se debe hablar tanto sobre lo que uno hace, para eso está la publicidad.
Saludos cordiales
Julio Bolívar

Gustavo Valle dijo...

-Karina,
tu comentario es francamente apetitoso, gracias.

-Julio,
Y sí, ese tipo de escritores abundan, son unos pesados
Gracias por tus palabras.