16 sept. 2008

De paseo


Con este sol invernal arriba de mis sienes, quiero salir a caminar, patear las aceras rotas, mirar los letreros publicitarios como quien mira en el fondo de un ojo rojo. Y dejar toda la piel en el asfalto frío, y dejar también mis omoplatos, que ahora lucen escarapelados (ignoro por qué lucen así, ¿sabes?) Miro mis pies puntiagudos y lentos demorándose en cada paso, y también hay autos veloces que rugen muy cerca de mis manos (¿qué será, por qué tanta prisa?), y no reconozco más que un puñado de cabezas que se apretujan en el semáforo como si fueran a huir (¿de qué, de quién?) Un puñado de cabezas levemente torcidas hacia la derecha. En fin, es tarde. Hoy ha sido un día completamente improductivo. Esto quiere decir, un día en que sólo he podido mirar una pantalla negra con fondo negro como un hueco negro (un día como cualquier otro, vamos), y las horas se han precipitado como una amplia mancha de chocolate. Dormí, eso creo. Pero ando con la boca levemente abierta (es un detalle, no te preocupes) Pero es tarde, insisto. Aunque no tan tarde. Todavía hay sol afuera. Lo veo estrellarse contra los edificios blancos. Los edificios blancos se estrellan a su vez contra el aire lleno de polvo. Y ese aire sucio se adelgaza cuando me asomo a mirar la transparencia que ya no existe, que se fue todavía más al sur, huyendo hacia otro invierno menos luminoso. Este sol radiante y frío me calcina. Compite con la luz de los quirófanos, o la luz del tiempo, que se hunde en mis almohadas hasta perforarlas y... ¿pero qué mierda estoy diciendo? La luz es ese ruido ensordecedor que ya no aguanto. La luz me escandaliza de una forma casi física. Debe ser que estoy cansado. Cansado de mi estúpida sombra portátil. Por suerte en un rato, ya falta poco, me pondré el abrigo. Mi viejo abrigo de solapas altas que me hace lucir tan aristocrático y temible. Con él saldré a caminar por las aceras rotas. Con él cubriré mis omoplatos que ahora parecen desintegrarse. Y con un poco de esfuerzo me elevaré unos centímetros por encima del suelo. Nadie se dará cuenta. Y lo haré lentamente, pensando en una carretera extensísima, imaginando un lugar desaparecido del todo, un desierto que quepa en una mano. Pero solamente contigo. Los dos juntos. Escucha bien: debajo de los árboles esqueléticos, enamorados de nuestra propia y maravillosa lentitud, quiero ver tus pies, separados levemente del suelo, acompañando a los míos.

1 comentario:

María Antonieta Arnal dijo...

Este relato me lo he leído tres veces. Es profundo, triste y pesimista. Me gustó más el del señor que te encontrabas en el camino al colegio de tu hijo que le querías regalar un libro, pero no sabías cuál era mejor para él.